Alojarse en la Patagonia chilena a cambio de horas en la tierra: la propuesta de un geoparque que abre sus puertas a voluntarios para 2026
El Geoparque Kütralkura, reconocido por la Unesco y enclavado en Lonquimay, lanzó una convocatoria para recibir personas que quieran sumarse a tareas de conservación, ecoturismo y educación ambiental durante el año próximo. La iniciativa cubre comida y hospedaje, pero no es un trabajo rentado: pasajes, seguro y traslado corren por cuenta de cada interesado.

Imagino el primer fotograma de la nota, y me veo llegando a Lonquimay, en plena cordillera de los Andes, con el aire cortado por el frío y el vapor que sale de la boca apenas uno respira. Estoy en el corazón de la Araucanía chilena, a pocos kilómetros del límite con Argentina, y el lugar se llama Geoparque Kütralkura, una superficie de alrededor de quinientas hectáreas que la Unesco tiene en su listado de geoparques mundiales y que convive con la Reserva de la Biosfera Las Araucarias. Para 2026, el equipo de este rincón patagónico abrió una convocatoria de voluntariado que, a primera vista, parece de esas oportunidades que a uno le hacen decir: habría que anotarse mañana mismo.
Ahora bien, vale la pena aclararlo de entrada para no generar confusiones: no se trata de un empleo. Quienes se postulen trabajarán cinco días por semana, treinta horas en total, y a cambio recibirán alojamiento en habitación compartida, las tres comidas del día -desayuno, almuerzo y cena-, acceso a cocina, lavandería y bicicletas, y la posibilidad de sumarse sin costo a tours y excursiones. Al cierre de la experiencia, además, se entrega un certificado de participación. Lo que no está cubierto, y hay que leerlo con lupa antes de mandar el formulario, es todo lo demás: los pasajes hasta Chile, el seguro de viaje, el transporte interno y los trámites migratorios corren por cuenta del voluntario.
Qué tareas le pueden tocar a quien se anote
- Mantenimiento de senderos y de los domos que se usan como alojamiento.
- Cuidado de la huerta y de los espacios verdes, con tareas de jardinería y cultivo.
- Atención a visitantes que llegan al geoparque.
- Labores de construcción y reparaciones generales en el predio.
- Acompañamiento de proyectos de reintroducción de especies desaparecidas de la zona y de monitoreo de pumas, una de las líneas de trabajo que el equipo desarrolla este año.
Soy consciente de que la lista puede sonar exigente, y de hecho lo es. Las actividades se planifican semana a semana según lo que vaya pidiendo el lugar, pero una parte importante se hace al aire libre, en un territorio donde las temperaturas bajan de cero y las nevadas pueden complicar los desplazamientos. Por eso mismo, antes de imaginar el paisaje en una postal, conviene pensar en el barro, en los guantes gruesos y en las madrugones fríos que trae aparejado cualquier voluntariado en la montaña.
A los requisitos formales los resumo así: hay que tener entre dieciocho y sesenta años, manejar inglés en un nivel fluido o, en su defecto, español al nivel principiante, y postularse de manera individual. El programa no acepta parejas ni grupos de amigos que quieran anotarse juntos, y la permanencia mínima es de cuatro semanas, con la posibilidad de estirarla hasta doce. También conviene tener en cuenta que el acceso a internet es básico; quien necesite una conexión estable para estudiar o trabajar a distancia debería evaluarlo antes de enviar la candidatura.
En las últimas camadas de voluntarios hubo una argentina que describió la experiencia como trabajo duro y gratificante, aunque aclaró que durante su paso por el geoparque los días de descanso no habían quedado pactados con demasiada anticipación. Otros participantes, en cambio, se fueron destacando los paisajes, las caminatas y la convivencia diaria. Me quedo pensando en esa mezcla de voces: la del esfuerzo físico, la de la rutina sin certezas y, al mismo tiempo, la del asombro de despertar cada mañana en un lugar donde la naturaleza patagónica se impone por encima de cualquier pantalla.
Vuelvo, entonces, a la imagen del principio, esa del visitante llegando con el vapor del aliento dibujándose en el aire. La propuesta del Kütralkura no es un crucero ni una temporada en un resort; es un trueque concreto, de horas de trabajo por techo y comida, en uno de los entornos más imponentes del sur del mundo. Para algunos será una aventura transformadora; para otros, una etapa formativa que se suma al currículum. Lo que no admite discusión es que se trata de una manera distinta de conocer la Patagonia, poniéndole el cuerpo, literalmente, a la conservación de un territorio que la Unesco decidió mirar con atención.
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