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Azcuénaga, el pueblo de los 350 habitantes que se come diez mesas en un fin de semana

A cien kilómetros de Buenos Aires, este caserío del noroeste bonaerense combina fondas centenarias, panadería con horno a leña y una capilla de 1907 para armar una escapada con sabor a campo.

EM
Estela MarconiTurismo y fin de semana · 19 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Me gusta empezar estas notas con una imagen que se quede en la retina: imagine el lector una calle de tierra bordeada por casonas bajas, el ruido manso de una guitarra en una fonda de 1903 y el aroma a galleta de campo que sale de un horno a leña encendido desde 1917. Eso es Azcuénaga, un pueblo de apenas 350 habitantes que, sin embargo, reúne diez restaurantes, cuatro propuestas para dormir y una cantidad de detalles históricos que justifican la escapada desde Buenos Aires.

Lo primero que conviene hacer antes de calzarse las zapatillas es reservar mesa, sobre todo si el plan cae un domingo, porque varios locales abren únicamente los fines de semana. Si la visita cae entre semana, queda como red el buffet del Club Recreativo Apolo, atendido por Marcelo Santander y Marcela Ronco, con ravioles caseros y milanesas como bandera.

Diez mesas para elegir, una sola ruta para disfrutarlas

  • Almacén C&T: carnes y picadas dentro de la Casa Terren, abierta en 1912 y recuperada por la familia Coarasa.
  • La Porteña: pastas y osobuco con risotto de calabaza.
  • Lo de Grace: parrilla y pasta libre en una edificación rodeada de campo.
  • Cucina de Santo: pastas y mariscos.
  • Le Four: propuesta francesa de la cocinera Vanesa Plaza, con cordero con ciruelas como plato fuerte.
  • La Posta y Silvestre, que completan parte del circuito gastronómico del pueblo.
  • Buffet del Club Recreativo Apolo, la opción que sostiene la oferta entre semana.

De los diez, le sugiero al lector que apunte dos para no perderse en el mapa mental: por un lado, Le Four, donde la cocina francesa de Vanesa Plaza cambia el registro y regala un cordero con ciruelas que vale la pena probar; por el otro, Almacén C&T, para quien quiera comer carnes y picadas en un edificio con más de un siglo de historia, la Casa Terren que los Coarasa pusieron en pie otra vez.

Dónde pasar la noche y qué caminar al día siguiente

Quien decida quedarse a dormir tiene dónde elegir, y la variedad es parte del encanto. La Piamonte incorporó habitaciones en el edificio que ocupaba la Fonda de Sforzini de 1903, justo frente a la antigua estación ferroviaria, a unos cien kilómetros de Buenos Aires por la ruta que sale hacia el noroeste. La Magnolia funciona en una casona rural; Rancho Aparte ofrece cabañas con pileta y El Nido es otra alternativa para hacer base. Algo más alejados quedan Los Vagones de Areco, pensados para quien busque dormir literalmente sobre rieles.

Al otro día conviene calzarse calzado cómodo: el casco del pueblo se recorre en pocas manzanas y, después, los caminos rurales se abren hacia el campo. Por allí circulan bicicletas y motos, aunque el estado del terreno cambia con el clima, porque en épocas de lluvia aparece el barro y en otras el piso se vuelve polvo seco. Quien levante la vista podrá avistar liebres, vizcachas y hasta alguna lechuza entre los pastizales.

Dos paradas que cierran el día perfecto

Antes de volver, la parada obligada es La Moderna, la panadería fundada en 1917 donde Laura González y sus hijas siguen elaborando galleta de campo en aquel horno a leña que ya es parte del paisaje. Más tarde, a pocos metros, se llega a la capilla Nuestra Señora del Rosario, inaugurada en 1907, que Ramona Lescano abre los fines de semana para que cualquiera pueda conocer su interior.

Entre almuerzo, caminata y alojamiento, Azcuénaga se presta tanto para una visita de día como para quedarse una noche. La fórmula es simple: reservar con tiempo, llevar grande y dejarse llevar por la calma de un pueblo que, con apenas 350 vecinos, se las arregla para sentar a diez mesas distintas. ¿Qué elegiría conocer el lector en una próxima escapada?

EM
Estela MarconiTurismo y fin de semana

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