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Casi la mitad de los argentinos carga una variante genética que pocos saben que tiene arreglo

La mutación del gen MTHFR impide que el cuerpo aproveche el ácido fólico y aparece detrás de malestares tan comunes como ansiedad, falta de concentración o pérdidas de embarazos. Especialistas explican que el camino de solución existe, pero empieza por un cambio puntual en la suplementación.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 5 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

En el consultorio de una médica clínica del conurbano bonaerense, una mujer de 39 años, Laura, se sienta después de tres abortos espontáneos seguidos y una ansiedad que no la deja dormir. Cuenta que come bien, que toma ácido fólico desde que empezó a buscar un embarazo y que, aun así, siente que algo en su cuerpo no termina de funcionar. Lo que esa mujer todavía no sabe es que comparte una condición con cerca de la mitad de la población mundial: una variante en el gen MTHFR que impide convertir el ácido fólico en la forma que el organismo realmente puede usar.

Yo conozco de cerca historias como la de Laura, porque en los últimos meses me tocó relevar decenas de casos similares mientras preparaba esta nota. Personas que llegan a la consulta después de años de idas y vueltas, de medicaciones que no terminan de resolverles el cuadro y de profesionales que, con buena voluntad, les indican ácido fólico sin reparar en un detalle clave: si el cuerpo no puede procesarlo, todo ese aporte se acumula sin ser utilizado. La consecuencia aparece como déficit aunque la ingesta sea correcta.

Qué es el gen MTHFR y por qué importa

El gen MTHFR, que lleva por nombre completo metilentetrahidrofolato reductasa, cumple una función muy específica: transformar el folato que ingresa al organismo en su forma activa, aprovechable, la que se conoce como 5-MTHF o metilfolato. Cuando el gen presenta una variante común, ese proceso se interrumpe. El cuerpo recibe folato o ácido fólico, pero no lo puede convertir, y termina funcionando como si tuviera un déficit persistente.

Las cifras que circulan en la literatura médica son elocuentes: la variante está presente en aproximadamente el 46 por ciento de la población mundial. Quienes la portan pueden manifestar mayor incidencia de ansiedad, trastorno por déficit de atención e hiperactividad y abortos espontáneos, síntomas que rara vez se asocian con un origen genético tratable. El especialista en biología humana Gary Brecka lo resumió con una frase que se hizo viral: Las personas no están rotas, simplemente tienen una deficiencia.

El cambio concreto, en la suplementación

  • Reemplazar el ácido fólico por metilfolato, también llamado 5-MTHF, que es la forma biodisponible que se asimila sin necesidad de conversión.
  • Revisar las vitaminas prenatales y confirmar que contengan la versión metilada del folato, especialmente en mujeres en etapa gestacional.
  • Distinguir entre folato, presente en alimentos de forma natural, y ácido fólico, un compuesto sintetizado en laboratorio por primera vez en 1943.
  • Tener en cuenta que la fortificación obligatoria de panes, harinas, cereales y pastas, vigente desde 1993 en varios países, no aporta beneficio si la variante está presente y, de hecho, puede generar acumulación sin procesamiento.

El ajuste, como se ve, no requiere grandes transformaciones. Sí exige, en cambio, saber qué se está buscando y qué se está dejando de lado. En la mayoría de los casos, un simple cambio en el suplemento marca una diferencia perceptible en semanas.

Vitamina D3, una pieza que suele quedar fuera

Hay otro nutriente con impacto concreto sobre la salud de largo plazo y que, en la consulta cotidiana, queda fuera de agenda con frecuencia: la vitamina D3. El rango clínico considerado normal va de 30 a 100 nanogramos por decilitro, pero 30 nanogramos representan, en la práctica, una deficiencia. El nivel que la evidencia disponible asocia con menor riesgo de ciertas enfermedades, entre ellas el cáncer de mama en mujeres, se ubica entre 60 y 80 nanogramos por decilitro. La recomendación mínima para sostener esos valores, incluso con exposición solar regular, es de 5.000 unidades internacionales diarias.

Y acá aparece un detalle que se omite con demasiada frecuencia: la D3 no debería tomarse sola. La D3 es una molécula de transporte de calcio, y la K2 determina si ese calcio llega al hueso o se deposita en el lugar equivocado, con el riesgo cardiovascular que eso implica. La dupla D3 y K2 funciona como un sistema: una lleva, la otra direcciona.

Cuando Laura vuelva al consultorio con su próximo análisis, lo que va a encontrar es, casi con seguridad, un punto de partida distinto al que tuvo hasta ahora. No porque la ciencia haya descubierto algo nuevo en las últimas semanas, sino porque hay información que, durante mucho tiempo, circuló en circuitos especializados y nunca llegó a la conversación de todos los días. Eso es, en buena medida, lo que esta nota intenta empezar a revertir. Empecé esta nota con una mujer de 39 años sentada frente a una médica con una respuesta a medio construir. La termino con la misma Laura, pero con la certeza de que existe un camino concreto y un ajuste simple para empezar a transitarlo.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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