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Cuando el aula no se va: cómo el estrés escolar se filtra en la casa y qué hacer para acompañar sin agrandar la tensión

La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, advierte que la presión por las tareas y las calificaciones puede acompañar a los estudiantes fuera del colegio y expresarse en cambios de humor, dificultades de conducta o síntomas físicos. Y propone ordenar las obligaciones, sostener el descanso y cultivar vínculos presenciales.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 25 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Son las siete de la tarde en un pueblo chico del interior bonaerense y, mientras afuera todavía queda algo de luz, adentro de las casas empieza otro turno: el de la mochila abierta sobre la mesa, la carpeta a medio hacer y un pibe que ya no sabe si tiene hambre, sueño o ganas de llorar. Lo veo seguido cuando vuelvo de cubrir una nota y paso por la esquina de siempre: madres y padres que, antes de mirar el celular, preguntan cómo les fue en el examen. La escena se repite en barrios muy distintos, pero el clima emocional es el mismo. Algo de esa carga escolar se trae a casa y se queda, a veces, hasta el día siguiente.

Para la psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, el fenómeno tiene nombre y tiene trampa. En su lectura, la presión por las tareas, las calificaciones y las expectativas puede extenderse mucho más allá del timbre de salida y manifestarse en el hogar a través de variaciones del ánimo, dificultades de conducta y hasta molestias físicas. A esa mochila imaginaria se le suman, además, las comparaciones que circulan por redes y los mensajes que mantienen al estudiante conectado con las demandas del colegio incluso cuando ya no está sentado en el aula.

Acompañar empieza por los adultos

La especialista es clara en un punto: el acompañamiento frente al estrés escolar también empieza por los adultos. La manera en que responden quienes rodean a un estudiante influye de manera directa en cómo ese estudiante maneja la tensión. Y no se trata solo de la familia inmediata. Albers destaca el valor de contar con otros adultos de referencia que puedan manejar sus propias emociones y contener al joven cuando las obligaciones lo sobrepasan. La idea es simple y, a la vez, exigente: si quien cuida también está estresado, puede mostrar cómo trabaja sobre esa dificultad y cómo busca ayuda, en lugar de transmitir la impresión de que hay que bancarse todo en silencio.

“Hacer una pausa antes de reaccionar y mostrar que es posible pedir ayuda son dos recursos que la psicóloga propone como punto de partida para que el estudiante no sienta que tiene que resolver todo solo.”Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic
  • Revisar qué requiere resolución inmediata, qué admite una espera y qué puede delegarse o directamente quitarse de la lista.
  • Dividir la obligación prioritaria en acciones más pequeñas, de modo que una demanda enorme se transforme en pasos manejables.
  • Sostener el tiempo libre y reemplazarlo, al menos en parte, por actividades artísticas o meditación que permitan concentrarse en el presente, en lugar de seguir expuesto al desplazamiento permanente por redes.
  • Cuidar el descanso y los vínculos presenciales, que funcionan como contrapeso frente a la sensación de estar bajo evaluación constante.

Albers distingue, además, entre una exigencia que puede funcionar como motor y una respuesta de estrés demasiado frecuente o prolongada. En el segundo caso, el organismo dispone de menos oportunidades para recuperarse y, lo que es clave para el rendimiento, la preocupación intensa ocupa recursos de la memoria de trabajo, esa que necesitamos para manejar información en el momento y para recuperar lo aprendido. Explicar esa relación, dice, puede ayudar a que el estudiante entienda por qué cuidar su bienestar no es un premio extra, sino una condición para poder rendir.

Algo de todo esto me hace pensar en Marta, 52 años, vecina del barrio donde crecí. La crucé el otro día en la vereda y me dijo, mientras acomodaba la cartera, que su hija de catorce llegaba del colegio con un humor que ya no reconocía. Hablamos un rato largo en la puerta de su casa. Me contó que habían empezado a probar algo tan chico como sentarse juntas diez minutos antes de abrir la carpeta, sin preguntar por los deberes, solo para ver cómo estaba. No es un método clínico, claro, pero se parece bastante a esa pausa previa que recomienda Albers: bajar un cambio antes de reaccionar, escuchar de verdad y, sobre todo, recordar que la escuela no termina cuando suena el timbre ni cuando se apaga la última pantalla de la noche.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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