Martes, 15 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Buscar ⌕

El Quijote Noticias

PortadaVida

Cuando el enemigo es silencioso: la deuda pendiente con los chequeos de próstata en los pueblos del interior

En pequeñas localidades del interior argentino todavía circula la idea de que al médico se va “cuando algo duele”. Con el tumor más frecuente entre los hombres argentinos después del de piel, esa lógica puede costar muy cara. Una recorrida por lo que se sabe hoy sobre la edad para empezar a controlarse y quiénes deberían hacerlo antes.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 15 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

El pueblo todavía duerme cuando doña Elsa Suárez, 67 años, sale a regar las plantas del patio. Vive en una localidad chica del norte de Córdoba y todas las mañanas cruza la vereda para charlar con quien aparezca. “Mirá, yo a mi marido lo perdí hace tres años, y te juro que nunca se quejó de nada. Un día le dio un dolor de espalda terrible y cuando lo revisaron ya era tarde. Era la próstata, hija. Y él pensaba que ir al médico era de blandos”, me dice mientras acomoda los maceteros sobre el alambrado. Esa frase, repetida en las sobremesas de pueblo, sintetiza un problema enorme que la ciencia lleva años tratando de revertir: el cáncer de próstata es, en gran parte, un enemigo silencioso, y la diferencia entre un susto y una tragedia suele estar en cuántos años antes se decidió empezar a controlarse.

Según las últimas estimaciones globales de GLOBOCAN, correspondientes a 2022, ese tumor registró 1.467.854 diagnósticos nuevos y 397.430 muertes en el mundo, lo que lo ubica como el segundo cáncer más frecuente entre los hombres, con el 7,3% de todos los casos oncológicos. En Argentina, donde las cifras vienen creciendo de manera sostenida desde hace más de una década, ocupa un lugar similar en las estadísticas masculinas, sólo detrás de los de piel no melanoma. Sin embargo, lo que vuelve a este tumor especialmente tramposo es que, en sus etapas iniciales, no avisa: cuando empiezan los síntomas urinarios, el dolor de huesos o la pérdida de peso, la enfermedad ya suele estar fuera de la próstata. De ahí que la estrategia de las sociedades científicas se haya corrido del “tratemos lo que aparece” al “preguntémonos a quién le conviene empezar a buscarlo antes de que aparezca”.

Quiénes deben mirar antes y quiénes pueden esperar

La edad es el primer gran filtro. A mayor edad, mayor riesgo: el grueso de los diagnósticos se concentra después de los 65 años. Pero esperar a esa edad para hacer la primera consulta puede ser tarde para un grupo muy concreto de hombres: quienes cargan antecedentes familiares directos (padre, hermano, abuelo) o quienes portan mutaciones en genes como el BRCA2, el mismo que se asocia a ciertos cánceres de mama y ovario, y que está vinculado a tumores prostáticos de comportamiento más agresivo. Para ellos, las recomendaciones de la Clínica Mayo indican que la conversación con el equipo de salud puede iniciarse entre los 40 y los 45 años. Para la población general sin antecedentes, la sugerencia del Grupo de Trabajo de Servicios Preventivos de Estados Unidos (USPSTF) apunta al rango de 55 a 69 años, siempre con una decisión individual compartida con el médico, sopesando beneficios y limitaciones del análisis de PSA. Y a partir de los 70, salvo excepciones, ese organismo desaconseja el tamizaje sistemático porque los riesgos de sobrediagnóstico superan a los beneficios.

Ahora bien, aunque nadie debería confundir un valor de PSA con una sentencia, conviene entender de qué se habla cuando se pide ese análisis. La proteína que mide la prueba (antígeno prostático específico) está presente tanto en células normales como en células tumorales, por eso un número alto no equivale a cáncer: puede elevarse por un ejercicio físico intenso, por una prostatitis, por una biopsia reciente o incluso por el uso de medicamentos como finasterida o dutasterida, ambos muy comunes para tratar problemas de próstata y caída del cabello. Frente a un PSA alterado, lo habitual es repetir la prueba antes de avanzar con estudios más complejos, que pueden ir desde un tacto rectal hasta análisis de biomarcadores en sangre u orina, resonancia magnética multiparamétrica y, eventualmente, una biopsia dirigida.

Lo que le escuché decir a Elsa mientras me convidaba un mate de despedida me parece el mejor resumen posible, y por eso lo dejo para el final: “Yo a mi marido no lo cuidé como tenía que haberlo cuidado. Si vos podés hacer que otro hombre de este pueblo vaya al médico, hacelo”. Esa es, en el fondo, la única urgencia verdadera que plantea este tumor: no esperar a tener un síntoma, no pensar que la visita al urólogo es una cuestión menor, y entender que la consulta a tiempo, con toda la información del riesgo individual, es la herramienta más concreta que existe hoy para enfrentar a un cáncer que, mientras tanto, sigue creciendo en silencio.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo