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Cuando el rencor se queda a vivir: lo que le cuesta al cuerpo sostener una ofensa

No es solo un peso emocional: la ciencia muestra que guardar un agravio durante años pasa factura en el corazón, el sueño, las defensas y hasta los músculos. Una mirada al daño silencioso de una emoción enquistada.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 7 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Llego a la plaza de un pueblo chico del interior y me siento en uno de los bancos de madera, todavía con el café en la mano. A mi lado, Elsa, una vecina de 58 años que conozco desde la última cobertura que hice por aquí, me cuenta sin rodeos que lleva más de una década sin poder sacarse de la cabeza una discusión con una hermana. "No es que me enoje todos los días —me dice, mirando fijo al piso—, pero está ahí, como una piedra que no se mueve. Y yo siento que me va comiendo." Lo que Elsa describe tiene nombre y, sobre todo, tiene consecuencias que van mucho más allá de lo emocional.

La bronca pasa, el rencor se instala

La diferencia no es menor. La bronca aparece con fuerza frente a un hecho puntual y, si se la deja correr, se disipa en horas o en días. El rencor, en cambio, es otra cosa: implica volver una y otra vez sobre la ofensa, darle vueltas, repasarla, revivirla. Puede sobrevivir a una traición, a un despido injusto, a una ruptura o a un conflicto familiar que nadie se animó a cerrar. Y puede durar años, incluso décadas, sin perder intensidad.

El cuerpo, convencido de que la amenaza sigue

Lo que más me llamó la atención mientras investigaba esta nota es que el organismo no distingue entre un peligro real y el recuerdo de un agravio. El cerebro activa los mismos circuitos de alarma y el cuerpo responde igual: presión arterial elevada de manera crónica, frecuencia cardíaca acelerada incluso en reposo y un riesgo aumentado de enfermedad coronaria. No es una metáfora: es una respuesta fisiológica que se repite cada vez que la mente vuelve a la ofensa.

  • Sistema cardiovascular: presión alta sostenida y pulso acelerado en reposo, con mayor riesgo coronario.
  • Hormonas: el cortisol, la hormona del estrés, queda elevado más tiempo del debido, lo que altera el sueño, favorece la grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina.
  • Defensas: el sistema inmunológico se desgasta y baja la respuesta frente a infecciones, mientras crece una inflamación de bajo grado vinculada a enfermedades crónicas.
  • Músculos: cuello, mandíbula y espalda se tensan de forma literal y generan rigidez que no cede con el descanso, lo que explica muchas cefaleas tensionales sin causa médica aparente.
  • Digestión: el eje intestino-cerebro, muy sensible al estado emocional, se resiente y suele pasar factura.
  • Energía vital: aparece una fatiga que no se explica por el esfuerzo físico, sino por sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia pensada para ser breve.
“El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra especialista en psiconeuroendocrinología

Me quedo pensando en Elsa mientras camino de vuelta por la calle principal del pueblo. El especialista Norberto Abdala aclara que no hay evidencia sólida para decir que el rencor provoque, por sí solo, una enfermedad específica, pero sí para afirmar que mantiene encendidos mecanismos perjudiciales para el organismo, día tras día, sin tregua. Y entonces miro hacia atrás, al banco de la plaza donde sigue sentada esa mujer de 58 años que me confió su historia. El rencor, cuando se queda a vivir adentro, no hace ruido: va gastando en silencio, ofensa tras ofensa recordada, hasta que el cuerpo termina pasando la cuenta.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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