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Cuando la felicidad se muda de tiempo: la advertencia de Gabriel Rolón sobre quedar varado entre los recuerdos y la promesa del futuro

El psicólogo y escritor repasó cómo la costumbre de colocar los mejores momentos siempre en otra época -en la infancia que ya pasó o en los proyectos que aún no llegan- puede ir dejando el presente sin espacio para sentirse bien. Una invitación a revisar la propia historia sin quedarse a vivir en ella.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 24 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

A veces uno se queda conversando con una compañera de toda la vida en la vereda de un pueblo del interior y la frase aparece sola, casi sin pensar: qué lindo era antes. Yo la escuché esta semana, en pleno siesta de sábado, mientras Ana, de 62 años, me contaba que de joven jugaba a las escondidas en la plaza central con sus hermanos y que ahora, según sus propias palabras, le cuesta encontrar momentos que le generen la misma alegría. Me dijo que sus mejores años quedaron todos atrás y que ya no le queda más que esperar a los nietos. Yo me quedé mirándola y pensé que esa manera de ordenar la felicidad -siempre del otro lado del tiempo- es exactamente sobre lo que viene hablando hace años el psicólogo y escritor Gabriel Rolón, y a mí la verdad es que su planteo me dejó pensando durante días.

En la charla que mantuvo con este medio, Rolón propuso una distinción que a primera vista parece sencilla pero que después se vuelve bastante más interesante cuando uno la lleva a la vida cotidiana. Los recuerdos y los proyectos pueden perfectamente acompañar la búsqueda de bienestar; el problema surge, dijo, cuando la felicidad queda instalada de manera permanente en otro momento: en una etapa que ya terminó o en un futuro que todavía no llegó.

Soñar, sí: postergar todo, no

Sobre los proyectos, el especialista fue claro: las expectativas de encontrar momentos buenos más adelante no están mal en sí mismas. Lo que cuestionó fue la postergación indefinida de la posibilidad de sentirse bien acá, en el día de hoy. La frase que eligió para resumirlo fue directa: 'Intentemos algo aquí, ahora'. Es una manera de decir que la búsqueda de bienestar también merece tener lugar en la vida actual y no quedar siempre suspendida hasta que llegue el viaje soñado, el ascenso laboral o la casa nueva.

  • Reconocer los momentos felices vividos es válido y ayuda a entender la propia historia.
  • La memoria tiende a editar el pasado y a embellecerlo, como un 'photoshopeo' de los recuerdos.
  • Aferrarse a una versión idealizada de lo vivido puede dejar sin trabajo el presente.
  • Quedar detenido en la nostalgia desplaza la posibilidad de construir felicidad hoy.
  • Los sueños siguen importando, siempre que no funcionen como excusa para no sentirse bien ahora.

El photoshopeo de los recuerdos

La misma lógica atraviesa la manera en que Rolón mira la memoria. Para él, recordar que hubo momentos felices y aprender de ellos tiene todo el sentido: permite comprender el recorrido personal, dimensionar los esfuerzos que se hicieron y valorar los vínculos que se construyeron. Esas experiencias siguen siendo valiosas aunque ya no se puedan recuperar tal cual fueron. Lo que describió con una imagen muy gráfica fue que la memoria no conserva una copia intacta de lo que pasó: 'Hacemos como una edición, un photoshopeo de los recuerdos'. Puso como ejemplo que es habitual que las personas recuerden a los padres ya fallecidos con mayor nobleza o sensibilidad de la que tenían en vida, o que reconstruyan la infancia como una etapa más bella de lo que efectivamente fue.

Ahora bien, lo que a mí me quedó dando vueltas fue el punto que Rolón propuso mirar con más cuidado: cuánto lugar ocupa esa reconstrucción en la vida de cada uno. Cuando alguien se aferra demasiado a una imagen idealizada de lo vivido, explicó, puede dejar de trabajar en la posibilidad de construir felicidad en el presente. La frase que le salió, y que a mí me pareció de las más potentes de toda la charla, fue esta: 'Hay personas que desean más haber sido felices que ser felices'. Dicha así, de corrido, pega un cachetazo interesante.

El planteo, llevado a una lengua más llana, sirve para diferenciar el valor genuino de conservar la propia historia de la dificultad que aparece cuando uno queda detenido dentro de esa historia. Los recuerdos y las experiencias participan de manera central en la construcción de la identidad, y nadie los está descartando: lo que Rolón señaló es que por sí solos no agotan las chances de sentirse bien en el presente. 'No nos bajemos de la vida antes de tiempo', concluyó, y la verdad es que esa última línea me siguió acompañando el resto de la semana.

Volví a la vereda del pueblo el domingo siguiente y me senté otra vez con Ana. Le conté lo que había escuchado de Rolón -eso de que la memoria edita el pasado, de que muchas veces uno se baja de la vida antes de tiempo-, y ella se quedó unos segundos en silencio. Después me dijo algo que me pareció una síntesis perfecta: 'Yo no quiero dejar de jugar a las escondidas, nada más que ahora las escondidas son con los nietos en el patio de casa'. Charlamos un rato largo sobre las cosas que todavía están pasando mientras uno se pasa los días mirando hacia atrás. Le dije que a mí también me servía la reflexión, porque más de una vez ordené mis mejores momentos en el cuaderno del 'ya fue' y me olvidé de buscar nuevos. Y nos quedamos ahí, en la plaza, mirando cómo unos chicos corrían entre los mismos árboles donde ella había corrido décadas atrás. La diferencia es que hoy la corrida de los chicos también la miramos nosotros dos, y eso, en buena medida, es parte del presente.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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