El acoso que no se apaga: cuando la escuela se mete en el celular y la noche deja de ser refugio
Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que el bullying y el ciberbullying se volvieron un único fenómeno continuo. Pediatra explica por qué la agresión ya no termina cuando suena el timbre.

Son las siete de la tarde en un pueblo chico del interior bonaerense y todavía hay chicos que no soltaron el teléfono. Lo que muchos padres imaginan como una travesura de WhatsApp, o un cruce en un grupo de curso, hoy puede ser algo bastante más serio. En la cocina de Ana, una maestra jubilada de 58 años que todavía junta a los chicos del barrio para hacer los deberes, hay una preocupación recurrente que se repite en voz baja: "Ya no alcanza con mandar a la escuela y rezar para que la pasen bien, porque lo que les pasa en el aula a las diez de la mañana les sigue entrando por el celular a las diez de la noche". Esa frase, sin saberlo, resume el corazón de un documento que acaba de difundir la Sociedad Argentina de Pediatría y que me parece la pena repasar con detenimiento.
La SAP acaba de publicar un informe amplio, trabajado por ocho de sus comités y subcomisiones, que describe cómo el bullying y el ciberbullying dejaron de ser dos problemas distintos para convertirse en uno solo, continuo, que cruza el patio, el aula, el grupo de WhatsApp, el chat de un videojuego y el perfil de Instagram del chico sin pedir permiso a nadie. Lo que empieza como una cargada en el recreo puede terminar como una cadena de mensajes que sigue hasta la madrugada.
El recreo que se prolonga en el grupo de chat
“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño.”Doctora Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP
Conversé con la doctora Pedrouzo mientras terminaba de leer el documento y una idea me quedó dando vueltas. Ya no existe la frontera entre el bullying del recreo y el del celular. Para un chico de doce años que vuelve en el colectivo a su casa en un pueblo del corredor norte de Buenos Aires, lo que ocurrió a las nueve y media de la mañana no se cierra cuando suena el timbre: lo espera en el grupo del curso, en los comentarios de un video subido a último momento y, a veces, en un mensaje privado que recibe cuando ya está acostado. Esa continuidad, me dijo la especialista, es lo que vuelve el fenómeno más dañino, porque elimina la posibilidad de descanso.
Qué formas toma el ciberbullying según los pediatras
- Mensajes de odio y burlas reiteradas por WhatsApp, Instagram, TikTok y otras plataformas.
- Acecho o seguimiento digital a través de cuentas, perfiles falsos y dispositivos.
- Votaciones y encuestas para humillar a un compañero, una modalidad que suele viralizarse rápido.
- Suplantación de identidad y creación de cuentas truchas a nombre de la víctima.
- Difusión no consentida de fotos, videos o chats privados, con un daño que se multiplica cuando se viraliza.
- Exclusión deliberada de grupos y listas, una forma de acoso silencioso pero muy efectiva.
- Manipulación de imágenes y videos, incluso con herramientas de inteligencia artificial, para producir burlas que circulan más allá del aula.
Lo que me llamó la atención al recorrer el documento es que los pediatras aclaran algo básico pero que a veces se pierde en la conversación cotidiana: no toda pelea entre chicos es bullying. Para que haya acoso escolar, dicen, tienen que coincidir tres condiciones al mismo tiempo: intención de causar daño, repetición en el tiempo y un desequilibrio de poder real, ese que deja a la víctima sin manera de defenderse sola. Puede ser físico, verbal o más sutil todavía, de tipo relacional, cuando lo que se hace es dejarla afuera del grupo para que el resto entienda que no pertenece.
Un problema que no se resuelve solo en el aula
Y acá viene lo que a mí, como cronista de pueblos y de familias, me parece lo más importante del informe. La SAP subraya que el acoso es un fenómeno grupal y que, por eso mismo, la solución no puede caer sobre los hombros de quien lo sufre. En la misma mesa tienen que sentarse los compañeros que miran y muchas veces miran para otro lado, los docentes, los directivos, las familias y los equipos de salud. La entidad es muy clara en un punto: jamás se le puede pedir al chico hostigado que resuelva solo el problema, porque eso, además de injusto, reproduce el mismo desequilibrio de poder que define al acoso.
Las consecuencias que enumera el documento ayudan a entender por qué urge hacerse cargo. Hay chicos que empiezan con cefaleas, contracturas en la espalda y alteraciones del sueño, pero también aparecen cuadros de ansiedad, retraimiento, bajo rendimiento escolar y, en los casos más graves, depresión. No son exageraciones de protocolo: los pediatras que firman el informe insisten en que el daño no se queda en lo emocional y termina golpeando al cuerpo, al sueño y a la manera en que el chico se vincula con sus pares y con su propia familia.
El llamado final de la SAP apunta a tres frentes que, leído desde un pueblo como los que suelo recorrer, se conectan de manera directa. A las familias les pide acompañar sin invadir, aprender a leer las señales y no minimizar lo que el chico cuenta; a las escuelas, protocols claros y adultos que se hagan cargo; y a los equipos de salud, escucha activa y detección temprana. Yo me quedo pensando en Ana, la maestra jubilada de 58 años que me contaba esta tarde, mientras miraba cómo los chicos del barrio se mandaban audios, que lo que más la entristece es que muchos padres insisten en que "es cosa de chicos" y se lavan las manos. La Sociedad Argentina de Pediatría, con este documento, les acaba de decir que no: que la cargada del recreo que sigue en el celular durante la noche es, también, un problema de los grandes.
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