El cansancio que no se va: cuando el cuerpo sigue funcionando pero ya no da más
Despertar agotado, perder el hilo de una frase o explotar por una pavada pueden ser señales de un estado de alerta sostenido que la rutina no alcanza a disimular.

Son las siete de la mañana en el pueblo y la plaza todavía está vacía, con ese rocío fino que se pega a los bancos de madera. Marta tiene 53 años, vive a dos cuadras de la iglesia y es de las que siempre dice que está bien aunque le pregunten tres veces seguidas. Esta mañana, mientras acomoda las bolsas del pan en el mostrador de la tienda de su hermana, se le corta la frase en la mitad: iba a contarme lo que le pasó con la factura de la luz y se quedó mirando la bolsa como si recién la viera. Perdón, me dormí a las cuatro y pico, me dijo después, restándole importancia con un gesto de la mano, como quien sacude una mosca. La conozco desde hace años y nunca la vi así: con los ojos irritados, contestando de manera más cortante que de costumbre y con esa sensación, que uno percibe cuando alguien está cerca, de que está funcionando en automático mientras por dentro algo se está quedando sin nafta.
La semana difícil y el desgaste que no se apaga
Hay una diferencia, y conviene tenerla clara desde el arranque, entre pasar una semana exigente y vivir en alerta permanente. La primera se nota, se comenta, se sobrelleva con un café extra y una buena noche de sueño. La segunda es más tramposa: la rutina puede seguir en pie, los horarios se cumplen, los mensajes se responden, y mientras tanto el cuerpo y la mente ya están operando al límite, recursos que después no se reponen. Lo que me preocupa de lo que vi en Marta es justamente eso: que por afuera todo parecía seguir igual, pero por dentro había un patrón que ya llevaba semanas, quizá meses, encadenando noches rotas con irritaciones crecientes.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, conocidos como CDC, llevan tiempo advirtiendo que el estrés sostenido en el tiempo puede provocar dificultades para dormir, problemas de concentración, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones. Lo interesante, y a la vez lo más difícil de pescar, es que estos síntomas casi nunca aparecen todos juntos ni de manera evidente. Se presentan dispersos, como piezas sueltas de un rompecabezas que una persona no termina de armar: alguien se despierta a las tres de la mañana sin motivo aparente, olvida lo que iba a decir a mitad de una frase o reacciona con una intensidad que a ella misma le sorprende ante algo menor, un llamado de la obra social, un corte de luz, un mensaje del banco.
- Sueño fragmentado: despertares nocturnos sin causa clara o dificultad para volver a dormirse.
- Problemas de atención y memoria: perder el hilo de una conversación o olvidar lo que se iba a decir.
- Irritabilidad creciente: reacciones desproporcionadas ante contratiempos menores.
- Fatiga matinal: levantarse agotado aun después de varias horas en la cama.
- Dificultad para decidir: tareas simples como elegir qué comer o por dónde empezar consumen más energía que antes.
Una revisión publicada en 2025 en la revista Frontiers in Psychology juntó 45 revisiones y más de 2.000 estudios y encontró que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. Otro estudio, publicado en 2024 en la revista Neurobiology of Stress, señaló además que la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta. Lo que esto quiere decir, traducido al lenguaje de cualquier persona, es que el cerebro, cuando lleva demasiado tiempo en estado de alerta, empieza a administrar mal recursos básicos como organizar, recordar, priorizar y responder con calma, y tareas que antes parecían simples empiezan a consumir una energía que antes no se notaba.
“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse; en ese punto, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos y tareas cotidianas consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
Una de las razones por las que este cuadro pasa desapercibido, y acá viene lo que más me hizo pensar después de la charla con Marta, es que la continuidad de la rutina funciona como una señal engañosa. Alguien puede seguir llegando a tiempo al trabajo, respondiendo mensajes y cumpliendo compromisos sin faltar a ninguno, aunque por dentro esté conviviendo con un sueño cada vez más fragmentado y con una tolerancia a la frustración que se va achicando de a poco. El famoso modo supervivencia, un concepto que circula en espacios de bienestar y que no es un diagnóstico clínico pero sirve para ordenar señales que, tomadas por separado, parecen insignificantes, describe justamente eso: un estado de alerta sostenido en el que el cuerpo decide, sin pedir permiso, que lo urgente siempre le gana a lo importante.
Lo que importa, y esto es lo que creo que vale la pena llevarse a casa, no es el nombre que se le ponga al cuadro sino el patrón. Dormir peor durante semanas, levantarse agotado, perder el hilo de lo que uno está diciendo, reaccionar con una intensidad que a uno mismo lo sorprende: cuando esas piezas empiezan a aparecer juntas y se sostienen en el tiempo, deja de ser una semana difícil y pasa a ser otra cosa. Marta, mientras yo escribía esto, me mandó un mensaje pidiendo perdón por lo de la mañana y diciéndome que ya se le iba a pasar. No, no se le va a pasar sola. Identificar el patrón a tiempo, como dicen los especialistas, es lo que permite distinguir entre una exigencia pasajera y un desgaste que, si se estira, termina afectando la salud física y mental. Y para eso, a veces, hace falta algo tan simple como dejar de contestarse uno mismo con un estoy bien y empezar a tomarse en serio lo que el cuerpo viene diciendo hace rato.
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