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El hombre que le dio la vuelta al mundo a pedazos y se lo quedó el mar

Joshua Slocum fue el primer navegante solitario confirmado en circunnavegar el planeta, a bordo de un balandro reconstruido con sus manos. Once años después de su hazaña, zarpó rumbo al sur y nunca más volvió. Un recorrido por su vida, sus trucos de supervivencia y su misterio final.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 4 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Imaginen esto: un puerto grisáceo, en algún punto de la costa este de Estados Unidos, una mañana de abril de 1895. No hay pancartas, no hay curiosos, no hay banda de música ni fotógrafo apostado en el muelle. Apenas un hombre mayor y un velero de once metros que parece más una bañera con mástil que un barco. Joshua Slocum, de 51 años, sube a bordo, ajusta una cuerda, mira fijo hacia el horizonte y se va. Así, sin más. Es, hasta donde se sabe a ciencia cierta, el primer navegante solitario que se animó a darle la vuelta entera al mundo. Y no lo hizo con un yate último modelo ni con millonarios: lo hizo a bordo del Spray, un balandro pesquero rescatado de un pastizal, podrido hasta los huesos, que él mismo reconstruyó tabla por tabla durante trece meses.

Un carpintero de la mar antes que un héroe

Slocum no nació para ser leyenda sino para ser útil. Hijo de una familia de granjeros en Nova Scotia, se fugó de la chacra a los dieciséis años y se enroló como cocinero y grumete en un mercante. Desde entonces, pasó más tiempo en el agua que en tierra. Navegó como pescador, como capitán de carga y hasta como contratado para llevar tropas a Brasil durante una guerra que él prefería no recordar demasiado. Cuando el mundo del comercio empezó a girarse hacia el vapor, Slocum quedó varado, sin trabajo y con un barco que parecía un insulto a la navegación: el Spray, tal como lo encontró, era poco más que un esqueleto con olor a humedad.

Lo que hizo a continuación dice más que cualquier biografía bien escrita. Con sus propias manos, con herramientas prestadas y con esa paciencia que solo da el mar cuando te conoce, lo levantó desde cero. Le cambió el casco, le rehízo la cubierta, le dio una nueva vida. Cuando terminó, ya no era el mismo barco: era una obsesión con forma de velero. Y fue con esa obsesión con la que se largó a dar la vuelta al mundo, en solitaire absoluto, sin nadie que le pasara un mate ni le avisara de un temporal.

Tres años, 46.000 millas y un reloj sin

La travesía, contada por él mismo en primera persona, es una mezcla asombrosa de cálculo, locura y buen humor. Cruzó el Atlántico, bordeó el cabo de Hornos por el Estrecho de Magallanes, atravesó Pacífico e Índico, y volvió a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898, tres años después de haber zarpado desde Boston. Más de 46.000 millas náuticas en solitario. Y lo más loco: navegó sin un cronómetro marino en condiciones, apenas con un reloj de hojalata al que le faltaba el cristal, compensando la falta de instrumental con observaciones lunares, estimaciones mentales y esa memoria corporal del océano que solo se construye en décadas de cubierta.

  • En el Estrecho de Magallanes, ante el riesgo de que los fueguinos subieran al barco de noche, esparció tachuelas de alfombra por la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, clavaron las puntas y se fueron corriendo.
  • Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma tomando el timón. Cuando se le pasó la fiebre, el Spray seguía su rumbo como si nada.
  • No sabía nadar. Decía, con ese tono seco que lo caracterizaba, que en mitad del océano nadar solo sirve para alargar la agonía.

El regreso a tierra firme y un nuevo misterio

En 1900 publicó Sailing Alone Around the World, un libro que arrancó como una serie de notas para revistas y se transformó en uno de los clásicos de la literatura náutica. El estilo de Slocum tiene algo que engancha: es directo, irónico, sin pose heroica. Escribe como un marinero que cuenta cómo pasó el día, no como un aventurero que busca aplausos. El público lo leyó como agua fresca. La fama, sin embargo, no lo retuvo mucho tiempo en puerto. En noviembre de 1909, con 65 años, zarpó otra vez desde el puerto de Nueva York, esta vez rumbo a las Antillas y más al sur, como quien se va a pescar tranquilo. Nunca volvió. No se encontró el Spray ni su cuerpo.

A más de un siglo de su desaparición, el caso sigue abierto solo para los espíritus románticos: para la historia marítima, Slocum fue un navegante excepcional que se topó con un mar que, como él mismo sabía, no devuelve siempre a sus hombres. Su Spray, ese once metros reconstruido con las manos que le dio la vuelta al mundo, duerme en algún punto del Atlántico o del Caribe, esperando quizá a que otra mano lo encuentre como él lo encontró: podrido, abandonado, lleno todavía de historia adentro.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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