Garbanzos con zamburiñas: un guiso express que rescata las conservas de la alacena
Cebolla, ajo, tomate y una lata de mariscos al final: la clave de un plato listo en media hora, ideal para una noche de semana o un domingo sin ganas de complicarse en la cocina.

Me acuerdo de la primera vez que abrí una lata de zamburiñas en salsa de vieira: el perfume que salió de la tapa fue suficiente para entender que esa conserva merecía algo más que una tostada. La transformé en un guiso de garbanzos y, desde entonces, se convirtió en uno de esos recursos salvavidas cuando el reloj apura y el hambre, también. Les cuento cómo lo hago en casa, paso por paso, para que les quede redondo la primera vez.
Los ingredientes, listos antes de empezar
- Una lata de zamburiñas en salsa de vieira
- Garbanzos ya cocidos (un pote o los que sobraron del día anterior)
- Una cebolla picada fina
- Dos dientes de ajo picados
- Tomante rallado, dos cucharadas generosas
- Aceite de oliva, un chorrito de vino blanco seco
- Comino, una hoja de laurel y pimentón dulce
- Agua o caldo, lo justo para cubrir
- Para el aderezo final: ajo y perejil picados con aceite de oliva virgen extra
La base del guiso se cocina a fuego bajo, sin apuro: la cebolla se ablanda en aceite de oliva durante unos cinco minutos hasta quedar transparente, recién entonces se suma el ajo y se espera a que libere su aroma. El tomate rallado entra después y debe quedarse al fuego hasta que pierda el agua y concentre su sabor, otros cinco minutos más. Sobre esa cama se vierte el chorrito de vino blanco y se deja evaporar un par de minutos, recién entonces llegan las especias: comino, laurel y pimentón dulce, que se mezclan con la verdura antes de sumar los garbanzos.
Ahí viene el paso que define el plato: los garbanzos se cocinan en agua o caldo a fuego medio durante unos diez minutos para que absorban todos los sabores, y recién al final se incorporan las zamburiñas con su propia salsa de la lata. Un par de minutos alcanzan para que los mariscos se calienten sin volverse gomosos, algo clave porque la conserva ya viene cocida y solo necesita entibiarse para integrarse con las legumbres.
El aderezo que cierra el plato
Mientras el guiso termina, conviene picar ajo y perejil bien finitos y mezclarlos con un buen chorro de aceite de oliva virgen extra. Esa salsa cruda se distribuye sobre cada plato servido, sin cocción extra, y aporta el golpe fresco que equilibra la textura cremosa de los garbanzos con el sabor intenso del marisco.
A la hora de llevarlo a la mesa, lo más rendidor es servirlo bien caliente en plato hondo, con una rebanada de pan al lado para no dejar nada de salsa en el fondo. Si quieren maridarlo, un albariño o cualquier blanco gallego con algo de acidez le hace compañía sin pisar el sabor del plato. Después de los primeros bocados, se van a preguntar por qué no probaron antes con una lata de zamburiñas: tiene la elegancia de un guiso lento y la velocidad de una cena entre semana. Anímense, prueben en casa y, si les sale tan rico como a mí, después me cuentan qué otras recetas se animan a armar con legumbres y conservas de la alacena.
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