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Hábitos diarios que cuidan la memoria: lo que dejó un ensayo con 1.065 personas en once países

Científicos presentaron en Buenos Aires los resultados de LatAm-FINGERS, que midió cómo la alimentación, el movimiento, los retos mentales, los vínculos sociales y el control cardiovascular pueden sostener las capacidades cognitivas después de los sesenta. La clave, según los investigadores, fue adaptar la receta a la vida real de cada comunidad.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 16 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Vine a Buenos Aires con la expectativa de escuchar datos fríos de un ensayo clínico y me fui pensando en doña Elsa, en la verdulería del barrio, en las caminatas alrededor de la plaza. La sala de conferencias estaba llena de chaquiras y batas blancas, pero el mensaje que se repitió durante el encuentro internacional organizado en la ciudad tuvo más que ver con la mesa familiar, los pasos dados al sol y la presión arterial medida a tiempo que con las resonancias magnéticas. Lo que se puso sobre la mesa, en definitiva, fue una forma concreta de proteger la memoria cuando los años empiezan a pesar.

Una estrategia que empieza por el corazón

La comunidad médica reunida en la cita coincidió en que cuidar la memoria implica, antes que nada, cuidar el sistema cardiovascular. La hipertensión, la diabetes, el tabaquismo y los niveles elevados de colesterol endurecen y obstruyen los vasos sanguíneos que también nutren al cerebro, y por eso los controles periódicos aparecen como un pilar ineludible de cualquier estrategia preventiva. A esa vigilancia médica se suman cinco hábitos que, en conjunto, sostienen el rendimiento cognitivo: una alimentación equilibrada, actividad física regular, desafíos mentales que obliguen a aprender, vínculos sociales activos y la atención sostenida de los factores de riesgo.

“La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales.”Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS

Lo escuché decir a Crivelli con la convicción de quien dirigió durante dos años un estudio que siguió a 1.065 personas de entre 60 y 77 años, repartidas por once países de América Latina. La investigadora insistió en que las recomendaciones nutricionales y la organización de las actividades se moldearon según los productos disponibles en cada región y las rutinas de cada comunidad. Esa flexibilidad fue, a su entender, la condición para que un protocolo de investigación pudiera traducirse en una vida cotidiana real, sin pedirle a nadie que renuncie a su manera de habitar el mundo.

Dos años midiendo la memoria

Listado de pilares del programa según el ensayo

  • Alimentación saludable adaptada a los productos y costumbres locales
  • Actividad física regular y adaptada a las posibilidades de cada persona
  • Entrenamiento cognitivo con actividades que exigen aprender y resolver problemas
  • Fomento de la socialización y los vínculos comunitarios
  • Control médico periódico de presión arterial, glucosa y colesterol

La investigación comparó dos modalidades de acompañamiento. Un grupo recibió actividades organizadas y un contacto frecuente con los equipos de salud, mientras que el otro contó con recomendaciones para incorporar los hábitos con mayor autonomía. Ambos terminaron recibiendo orientación preventiva, porque la idea no fue premiar a unos y castigar a otros, sino medir cuál de las dos formas de sostener el programa resultaba más eficaz en la práctica.

Los resultados mostraron una mejora de la cognición global entre quienes siguieron la intervención más estructurada. Además, el ensayo evaluó si era posible mantener la propuesta en el tiempo: el ochenta por ciento alcanzó una adhesión moderada o alta y el 84,9 por ciento completó la evaluación final. Los especialistas aclararon que estos números no implican que una rutina saludable garantice evitar la demencia, pero sí sugieren que un abordaje integral puede inclinar la balanza a favor de las capacidades que se quieren preservar.

Salí del encuentro con una idea que me acompañará cada vez que vuelva a cruzarla a doña Elsa en la vereda: que la prevención no es un listado de prohibiciones frías sino una decisión cotidiana, hecha de pasos, conversaciones y controles a tiempo. La ciencia, cuando baja a la calle y se adapta a las cocinas y las plazas de cada pueblo, deja de ser un tema ajeno y empieza a parecerse bastante a la vida que ya vivimos.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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