La cocina de la duda: cuando recalentar la comida se vuelve una decisión con nombre y apellido
Toxicólogos consultados en Estados Unidos recomendaron pasar la comida del envase plástico a un recipiente de vidrio o cerámica antes de meterla en el microondas. Explicaron que el calor puede liberar microplásticos y aditivos hacia los alimentos y que, aunque todavía no hay causalidad probada, conviene reducir la exposición cotidiana.

Yo estoy parada en la cocina de mi casa, un departamento antiguo en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, con la puerta del microondas abierta y un tupper que ya lleva tres días guardando sobras de guiso. Antes de pulsar los botones, como cualquier vecina de cuarenta y tantos, me detengo a pensarlo. La escena es la misma que se repite en miles de hogares argentinos cada mediodía, y resulta que también es el lugar donde empieza una conversación que hace ruido en la toxicología internacional.
El cambio simple que proponen los especialistas
La recomendación central es tan doméstica que parece menor: antes de recalentar una comida, pasarla del envase plástico a un recipiente de vidrio o cerámica. La formuló Wells Brambl, médico toxicólogo y especialista en emergencias del Centro Médico Judío de Long Island de Northwell Health, en una charla reciente. Para Brambl, ese gesto cotidiano apunta a reducir la exposición a partículas que pueden desprenderse del plástico cuando se eleva la temperatura. No es un capricho de laboratorio: es una medida que cabe en cualquier cocina, en cualquier presupuesto.
Cuando no queda otra opción que el plástico, el propio Brambl sugiere bajar la potencia del microondas al mínimo necesario para templar el alimento. La idea es exponer menos al calor, porque es justamente el calor el que interviene en la liberación de fragmentos del material y de sustancias que se agregaron durante la fabricación. Es, en criollo, trabajar el horno con la perilla lo más baja posible.
Qué pasa adentro del plástico cuando se calienta
La explicación química la puso sobre la mesa Serah Oyewole, toxicóloga médica del Houston Methodist. Según me lo dejó entender, el aumento de temperatura hace vibrar las moléculas del plástico y puede llegar a fracturar su estructura de polímeros. A partir de ahí se abre una puerta que no se vuelve a cerrar: fragmentos y aditivos, entre ellos colorantes, antioxidantes y estabilizadores ultravioletas, pueden terminar en la comida. Por eso el vidrio o la cerámica aparecen como la opción más tranquila: no liberan nada parecido.
Oyewole también marca una distinción que a mí me resultó clave: que un envase esté aprobado para almacenar alimentos no es lo mismo que tener respuestas sobre qué ocurre cuando esas partículas se ingieren durante años. Son dos preguntas distintas y la segunda todavía sigue abierta.
Lo que se sabe y lo que todavía no sobre los microplásticos
Acá viene el tramo donde hay que pisar con cuidado, y los toxicólogos lo aclararon muy bien. Brambl reconoció que la literatura científica ya documentó la presencia de microplásticos y nanoplásticos en el organismo humano. También dijo que algunos datos muestran asociaciones con procesos inflamatorios. Ahora bien, una correlación no prueba que esas partículas sean la causa. Los efectos a largo plazo, insistió, continúan en estudio. Es una línea de investigación en marcha, todavía sin veredicto.
- Pasar la comida a vidrio o cerámica antes de recalentar en microondas.
- Si no hay otra opción, usar el plástico a la mínima potencia posible.
- Revisar y reemplazar de a poco utensilios, tapas y esponjas plásticas.
- Preferir productos con menos envolturas plásticas al comprar.
- Tener presente que la contaminación ambiental puede llegar a los alimentos antes del envase.
“Cambiar hábitos en la cocina busca reducir una parte de la exposición, pero la solución de fondo viene por fuera de la casa, del lado de la regulación y de la industria.”Wells Brambl, toxicólogo del Centro Médico Judío de Long Island de Northwell Health
Antes de cerrar la nota vuelvo al principio, al tupper con el guiso que sigue esperando en la mesada. Ahora lo paso al pirex de toda la vida, bajo la potencia del microondas y me quedo pensando en cómo una decisión tan chica, repetida miles de veces al año por millones de familias, se conecta con un debate enorme sobre lo que comemos sin verlo. Como me dijo Mabel, mi vecina de 58 años, mientras tomaba mate en el palier: si algo se puede hacer en casa sin gastar un peso, vale la pena empezar por ahí.
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