La habitación ya no es un refugio: cuando el cuarto del adolescente se vuelve un set
Paredes neutras, luces para filmar y cero rastros de desorden: cómo la audiencia permanente de las redes sociales reconfiguró el espacio más íntimo de los pibes y por qué especialistas alertan sobre el precio de esa estandarización.

Son las seis de la tarde de un martes en un pueblo chico de la provincia de Buenos Aires y, mientras cruzo la calle principal, me cruzo con Marta, una vecina de 52 años que me frena con la excusa del calor. Terminamos hablando de sus hijos, como tantas veces, y en algún momento me dice algo que se me queda dando vueltas: "El cuarto de la Mica ya no parece el cuarto de la Mica. Parece un showroom". Me lo dice con una mezcla de orgullo y de pena que no termino de descifrar en el momento.
Lo que describe Marta no es una rareza. En las últimas dos décadas, entrar al cuarto de un adolescente dejó de ser esa experiencia casi etnográfica de toparse con pósteres pegados con cinta, ropa apilada sobre la silla y un diario íntimo celosamente escondido debajo del colchón. Ese desorden era, en cierto sentido, una declaración de soberanía: ese espacio le pertenecía a alguien que lo usaba para crecer, para equivocarse a salvo, para ensayar quién quería ser antes de mostrarlo.
Del refugio al decorado
Hoy, en los cuartos que circulan por redes sociales cuesta encontrar singularidades. En su lugar aparecen paredes de tonos neutros, camas perfectamente tendidas y tiras de luces LED que funcionan menos como iluminación y más como reflectores improvisados. La personalidad no desapareció, pero se retiró del plano físico: se mudó al avatar, al nombre de usuario, al filtro. Lo que se ve adentro de la habitación empieza a parecerse sospechosamente a lo que se ve en todas las demás.
El sociólogo estadounidense Erving Goffman describió hace ya varias décadas la diferencia entre el "frente de escena", ese lugar donde uno sostiene una imagen ante los demás, y el espacio privado donde se descansa del personaje, donde está permitido fallar sin público. La habitación adolescente cumplía históricamente esa segunda función. La puerta cerrada era, en los hechos, un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno: adentro no había cámara, no había audiencia, no había costo por ser uno mismo de manera desordenada.
Ese pacto se rompió. La escritora Sithara Ranasinghe lo describe con una imagen potente: una habitación con paredes de cristal, donde el límite entre escenario e intimidad se disuelve bajo la mirada constante de una audiencia que, en su mayoría, ni siquiera conoce el adolescente que está del otro lado. El resultado es un cuarto que deja de ser laboratorio de exploración para convertirse en decorado.
La cámara apagada también mira
Lo más significativo de todo esto, y lo que más me hizo pensar después de la charla con Marta, es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. La sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado, subido y comentado por desconocidos modifica la conducta: inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden, empuja hacia una estandarización silenciosa. Ya no es la mirada de los padres la que ordena el espacio, ni la del grupo de amigos del colegio: es la de una audiencia invisible que fue internalizada y que, de algún modo, terminó mudándose al cuarto.
- Paredes en tonos neutros que reemplazan a los pósteres y collages personales.
- Camas prolijamente tendidas, pensadas más para un plano que para el uso cotidiano.
- Tiras de luces LED instaladas como utilería antes que como fuente de iluminación.
- Objetos personales guardados fuera de cuadro: la singularidad se mudó al perfil digital.
- Una estética replicable, casi intercambiable entre adolescentes de lugares muy distintos.
La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta que dejan estos cuartos despojados, y que me llevé puesta después del comentario de Marta, es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente. Si la habitación ya no es el lugar donde uno puede desordenarse sin consecuencias, ¿dónde queda, para estos pibes, el derecho a equivocarse a solas? Es una pregunta que no tiene respuesta rápida, pero que empieza a verse, con bastante claridad, en las paredes cada vez más blancas de sus dormitorios.
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