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La mano que calma: por qué un gesto tan chico puede cambiar lo que siente el cuerpo

Una investigadora en neurociencias afectivas repasó cómo el contacto físico modula el miedo y la ansiedad, qué diferencia hay entre tocarse uno mismo y ser tocado por otro, y por qué la cultura decide a qué distancia nos paramos para hablar.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 24 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Estoy en la cocina de una casa de pueblo, tomando mate con Elsa, que tiene 71 años y tres nietos que le llenan la vereda los fines de semana. Me cuenta, mientras revuelve el termo, que cuando su nieto más chico se asusta con una tormenta, lo único que lo calma es que ella le tome la mano. No lo abraza, no le canta: le toma la mano. Y que a ella, cuando se quedó viuda, le bastaba con que una amiga le pasara la mano por el brazo para que el mundo volviera a tener forma. Lo dice con la naturalidad de las cosas que se saben de toda la vida, sin necesidad de un paper ni de un laboratorio. Pero la ciencia, vaya sorpresa, terminó llegando a la misma conclusión.

La doctora en Neurociencias Afectivas Paula Salamone, investigadora del Conicet y de la Universidad Nacional de San Martín, me explicó por escrito que ese gesto tan sencillo -tomar una mano, abrazar, acariciar- no es un placebo afectivo, sino que interviene directamente en la regulación de las emociones y en la forma en que el organismo responde al estrés. El tacto, me dijo, involucra distintas partes del sistema nervioso: la piel, el cerebro, la médula espinal y un entramado de respuestas fisiológicas que pueden empujar hacia la calma o hacia la activación.

La mano del adulto y el miedo del chico

Salamone señaló un caso especialmente estudiado: el de los chicos que toman la mano de un adulto cuando sienten temor. No se trata de un capricho ni de un reflejo: la literatura científica muestra que ese contacto reduce la respuesta de ansiedad. Lo que hace la mano del otro, en criollo, es decirle al cuerpo del chico que no está solo frente a lo que lo asusta, y que hay alguien que puede contener lo que él todavía no puede procesar. Esa es, según la investigadora, la base de por qué un gesto tan chico tiene efectos tan profundos en la manera en que sentimos.

Uno se toca distinto a como lo tocan

Hay un dato que a mí, particularmente, me llamó la atención y que creo que vale la pena subrayar: tocarse a uno mismo no produce el mismo efecto que ser tocado por otro. Salamone lo explica con dos ejemplos cotidianos. El primero es el del autotacto: tocarse el pelo, acariciarse la barba, pasarse la mano por el brazo cuando uno está pensando. Son gestos que cumplen una función regulatoria, pero el cerebro los registra como una acción propia, anticipada, y por eso la respuesta emocional es más moderada.

El segundo ejemplo son las cosquillas, y acá la cosa se vuelve fascinante. Si uno intenta hacerse cosquillas a sí mismo, el cerebro ya sabe dónde va a tocar, en qué momento y con qué presión. Esa previsibilidad atenúa la sorpresa y la intensidad de la sensación. Cuando las cosquillas las hace otra persona, en cambio, queda un componente de incertidumbre que cambia todo. Y hay algo más, dijo Salamone: las cosquillas forman parte del juego y del intercambio social, no son sólo un estímulo sobre la piel, sino una forma de vincularse.

  • El contacto físico de otra persona reduce la respuesta de ansiedad, incluso en gestos mínimos como tomar una mano.
  • El cerebro distingue entre el autotacto y el tacto vindo de afuera: la sorpresa cambia la intensidad de la respuesta emocional.
  • Las cosquillas son un caso testigo: anticiparse a uno mismo las calma, y venir de otro las enciende, porque además son juego social.
  • La cultura marca a qué distancia nos paramos: lo que en Argentina es conversación cercana, en Suecia puede ser distancia de oficina.
  • El contacto físico también entra en la investigación sobre despersonalización y sobre los efectos del aislamiento de la pandemia.

La cultura decide a cuántos metros nos queremos

Acá me quiero detener, porque toca algo muy nuestro. Salamone contó que cuando hizo parte de su trabajo de investigación en Suecia, conversar con un colega a tres metros de distancia era algo perfectamente normal. En la Argentina, a tres metros uno está gritando. Y sin embargo, aclaró, eso no significa que los suecos sientan menos o sean más fríos: son otras maneras de expresar lo que sienten y de vincularse. La distancia corporal es un idioma, y como todo idioma, se aprende.

En nuestro país, Salamone integra el equipo Tango-i Lab, donde se estudia la relación entre el contacto físico y los síntomas de despersonalización -esa sensación tan particular de sentirse ajeno del propio cuerpo-. El grupo también investiga si la falta de interacción física durante los aislamientos por la pandemia dejó huellas posteriores. Es todavía una pregunta abierta, me dijo, pero las sospechas van en esa dirección.

Vuelvo a la cocina de Elsa. Le pregunto si sabía todo esto. Se ríe, sirve otro mate y me dice que no, que ella sólo sabe que cuando la tormenta pasa y el chico se duerme con su mano todavía en la de ella, algo se acomoda en los dos. Tiene razón. La neurociencia, cuando se pone generosa, no viene a contradecir lo que las abuelas ya saben: viene a explicarles por qué.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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