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La psicóloga que pone a la mesa en la consulta: "Antes de medicar, hay que preguntar qué come y cómo duerme"

La británica Kimberley Wilson recorrió una cárcel de mujeres, vio qué pasaba con sus cuerpos y sus ánimos, y ahora empuja en el Reino Unido una idea que también incomoda a buena parte de la psicología: que un cuadro depresivo o un estado de ansiedad puede estar sostenido, en parte, por una deficiencia de nutrientes que nadie indagó. Por qué su planteo reabre el debate sobre los límites entre la salud mental y la salud física.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · · 5 min de lectura
La psicóloga que pone a la mesa en la consulta: "Antes de medicar, hay que preguntar qué come y cómo duerme"

En la sala de espera de un consultorio de pueblo, una mujer de 52 años revisa por tercera vez el papel donde le anotaron el turno. Se llama Marta, es profesora de primaria, y llegó hasta ahí arrastrada por un cansancio que ya no se explica con un mal día ni con una semana pesada: son meses durmiendo mal, comiendo a las apuradas, sin ganas de nada. Cuando finalmente la atiende la psicóloga, Marta espera el interrogatorio clásico: infancia, relaciones, trabajo, pérdidas. Lo que no espera es que le pregunten cuántas veces por semana come pescado, si toma sol, si desayuna o si cena cualquier cosa frente al televisor pasadas las diez de la noche. La escena, que bien podría ocurrir en cualquier ciudad del interior argentino, describe a grandes rasgos el tipo de consulta que la psicóloga británica Kimberley Wilson viene promoviendo desde hace años, con el aval de colegas, algunos libros y muchas discusiones de fondo: una evaluación de la salud mental que no se quede en la cabeza y en las emociones, sino que incluya con la misma seriedad la calidad de lo que se lleva al plato y la forma en que se descansa.

Una idea que incomoda y a la vez seduce

Lo que Wilson propone, y que en los últimos meses volvió a circular con fuerza en medios académicos y en portales de divulgación, es que un profesional de la salud mental debería preguntar de manera sistemática qué come un paciente, cómo duerme y cómo se mueve antes de decidir si lo que tiene delante es un trastorno depresivo, un cuadro de ansiedad, un burnout o, en buena parte, un cuerpo al que le falta algo. La propuesta suena razonable cuando se la escucha despacio, pero en el campo de la psicología y la psiquiatría lleva décadas generando chispas: para algunos colegas, la nutrición es un factor más entre muchos, y ningún déficit alimentario debería opacar ni reemplazar el trabajo terapéutico cuando hace falta; para otros, incluidos varios investigadores del Reino Unido, ignorar el componente nutricional es dejar fuera del consultorio una variable que está documentada con relativa solidez y que, sobre todo, puede mejorar con cambios concretos, sin necesidad de recetas mágicas ni de soluciones exprés.

Lo que la especialista aclara con insistencia es que, en su planteo, una deficiencia de nutrientes no explica por sí sola un trastorno mental, del mismo modo que una alimentación excelente no vuelve inmune a nadie de una depresión mayor ni de un cuadro de estrés postraumático. Lo que sí puede hacer, según cita en distintas entrevistas, es agravar síntomas que ya están ahí: el cansancio persistente, la apatía, la irritabilidad, la niebla mental y el ánimo bajo suelen tener múltiples causas, y al menos una de esas causas puede tener que ver con un plato que repite fideos, mate cocido y galletitas, semanas enteras sin un pescado, sin un huevo, sin un puñado de frutos secos. Por eso, dice, conviene preguntar antes que asumir.

Lo que se pone en juego cuando la consulta se amplía

  • Alimentación: presencia o no de pescado azul, fuentes de omega 3, variedad de verduras, lácteos, legumbres y fuentes de hierro. En dietas vegetarianas o veganas, se evalúa la posible necesidad de suplementación bajo control profesional.
  • Sueño: cantidad de horas, calidad del descanso, si se trata de un insomnio de conciliación, de mantenimiento o un despertar precoz, porque la arquitectura del sueño impacta de manera directa en la regulación emocional.
  • Actividad física: no se trata de exigir un plan de entrenamiento, sino de saber si la persona pasa días enteros sentada o si tiene algún movimiento cotidiano, ya sea caminar, estirarse, subir escaleras.
  • Consumo de sustancias: alcohol, tabaco, psicofármacos sin receta, consumo problemático que muchas veces se minimiza en la consulta si nadie lo pregunta en forma directa.
  • Rutinas y vínculos: horarios laborales, conflictos familiares, soledad, exposiciones a violencia, ya que ninguno de los otros factores se lee igual cuando hay un entorno que desgasta.

Wilson suele poner un ejemplo que, dice, se repite con variantes en la clínica: una persona con un historial de situaciones traumáticas probablemente necesita un proceso terapéutico serio y, en algunos casos, medicación; pero alguien con anemia, con una alimentación restrictiva y con semanas durmiendo cuatro horas puede ver cómo parte de sus síntomas ceden al corregir la carencia y ordenar el descanso, y eso no reemplaza al profesional, lo complementa. La psicoterapia y los fármacos, cuando hacen falta, siguen formando parte del esquema; lo que se agrega es una capa previa de información que muchas veces se saltea por falta de tiempo, por costumbre o porque al paciente nadie le preguntó, y él no lo dijo.

De la cárcel de mujeres a la consulta de barrio

La mirada de la especialista se fue consolidando durante su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde atendió a internas con cuadros complejos: antecedentes de violencia, adicciones, duelos no resueltos, hijos criados en la distancia. En ese contexto, donde la comida del penal era repetitiva, pobre en nutrientes y, según sus propios registros, pensada más para cubrir calorías que para cuidar la salud, empezó a notar que muchas de esas mujeres presentaban fatiga extrema, irritabilidad y dificultades para regular sus emociones que, al menos en parte, parecían asociadas con carencias nutricionales concretas. Esa intuición, dice, se vio robustecida por ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles, que vincularon la administración de ciertos micronutrientes con una disminución de episodios de violencia y de desregulación emocional, sin que eso significara, aclara, que la conducta de una persona pueda explicarse jamás a partir de su dieta.

La conclusión que la psicóloga suele repetir es bastante menos espectacular de lo que parece en los titulares: si una persona arrastra meses de cansancio, de desánimo y de apagamiento, antes de cambiar un diagnóstico, antes de subir una dosis, antes de probar un ansiolítico o un antidepresivo nuevo, vale la pena hacer un análisis de sangre, revisar el sueño, mirar la heladera. Puede no ser la causa, pero puede ser un factor, y trabajar sobre él, cuando lo es, modifica la vida de quien lo padecía. La escena vuelve entonces al principio: a Marta, sentada en la sala de espera de un pueblo, con un papel arrugado y la sensación de que algo se mueve debajo de su rutina, esperando que alguien le pregunte algo más que por su infancia.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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