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Límites con los hijos: por qué decir no a tiempo es criar, no apretar

Psicólogas especializadas en infancia sostienen que la autoridad afectiva, bien ejercida, protege a los chicos. Cuando el diálogo reemplaza por completo a las normas, los chicos pierden recursos para tolerar la frustración y regular sus emociones. La nota recorre las voces de las especialistas Ivana Raschkovan y Deborah Bellota, que coinciden en diferenciar autoridad de autoritarismo.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 27 DE AGO DE 2026 · 4 min de lectura
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En una plaza del conurbano bonaerense, un nene de cuatro años se tira al piso porque su mamá no le compra un helado. La escena se repite en casi cada familia argentina, en cada cumpleaños infantil, en cada cola del supermercado. Lo que parecía un capricho aislado vuelve a aparecer el martes, el jueves, el domingo. Y entonces la pregunta deja de ser filosófica y pasa a ser urgente: ¿dónde está la línea entre acompañar a un hijo y dejarlo a la deriva con tal de no romper la armonía? Lo que observé, parada junto a unos padres que conozco del barrio, fue justamente eso: una madre desbordada, un chico en el piso y un grupo de adultos mirándose entre sí, sin saber si ceder, retar o hacerse los distraídos. Es una postal chica, pero condensa un debate enorme que atraviesa hoy a la psicología infantojuvenil y a las mesas familiares de toda la Argentina.

Porque, como me explicaría después la psicóloga Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, conversar no le quita autoridad al adulto; al contrario, se la devuelve. Lo que sí la destruye, advierte la especialista, es el miedo al conflicto. Cuando un padre o una madre mueven el límite nomás para esquivar un berrinche, el mensaje que llega al chico se vuelve confuso: hoy no podés, mañana sí. Esa inconsistencia, repetida durante años, deja a los niños sin la estructura emocional que necesitan para crecer.

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

A mí, como adulta y como lectora de manuales de crianza que a veces marean, siempre me sirvió la distinción que hace la propia Raschkovan: el autoritarismo es un abuso de poder, mientras que la autoridad se ejerce con presencia, con normas claras y sin violencia. Respetar a un niño o a un adolescente, subraya, no es equivalente a dejarlo hacer lo que quiera. El respeto está en el buen trato, no en la ausencia de reglas. La frase me la subrayé con marcador porque resume, en una línea, años de confusión que arrastramos como sociedad.

“La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil y autora de Infancias respetadas

Los tres estilos que describió Baumrind

  • Autoritario: reglas rígidas, poco diálogo y nula escucha del chico.
  • Permisivo: mucho afecto, pero límites flojos o directamente ausentes.
  • Democrático o autoritativo: combina normas claras con contención afectiva y diálogo. Es el que la mayoría de los especialistas recomienda.

Esta clasificación la pensó en los años sesenta la psicóloga Diana Baumrind y, casi sesenta años después, sigue siendo una herramienta útil para mirar lo que pasa en casa. Porque muchas familias argentinas que se reconocen como modernas y afectivas, en los hechos, se acercan al segundo estilo sin darse cuenta: cariñosos hasta el hartazgo, pero sin sostener un no cuando la cosa se complica. Lo escuché de la propia Deborah Bellota, otra psicóloga especializada en infancia, que lo resume con una fórmula que me quedó dando vueltas: hay padres muy amorosos que no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos.

“Un límite es una forma de cuidado. Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle.”Ivana Raschkovan

Vuelvo entonces a la plaza del principio, a esa madre agotada y a ese nene tirado en el piso. Pienso en lo que me decía Mabel, una vecina de 52 años que pasó por la crianza de tres hijos y hoy mira a sus nietos los domingos: ella reconoce que, con el diario del lunes, hubiera puesto el límite antes, sin esperar a la crisis. No por dureza, me aclara mientras acomoda la mochila de su nieta, sino por cuidado. Lo dijo casi como al pasar, con la naturalidad de quien ya leyó el manual de la vida real. Y me parece que esa es, en definitiva, la idea que atraviesan todas las especialistas consultadas: los límites, sostenidos con afecto, no le roban infancia a los chicos. Les enseñan, de a poco, a vivir con los demás y consigo mismos.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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