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Los tres ejercicios invisibles que Franklin descubrió mucho antes que el celular

Guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo: una sentencia del siglo XVIII que describe con precisión la pulseada de cualquier vecino de pueblo frente al scroll infinito y el rencor que se acumula sin pedir permiso.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 15 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Son las siete de la tarde en un pueblo chico del interior y todavía queda calor en las veredas. Marta, que tiene 58 años y atiende el kiosco de la esquina desde hace más de veinte, me mira por encima del mostrador y suelta una frase que se parece demasiado a la de Benjamin Franklin: "Lo más difícil de todo es callarse algo, perdonar a alguien que te puteó y no perder el tiempo". Se ríe, como disculpándose por haber resumido a un prócer estadounidense en una sola oración de kiosquero. Pero tiene razón sin saberlo.

La cita original de Franklin dice textualmente: "Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo". La escribió en el siglo XVIII, cuando no existía el celular, ni las redes sociales, ni el streaming, ni el scroll infinito. Y sin embargo, describe con una precisión incómoda la pulseada que cualquier persona, en cualquier pueblo o ciudad, libra a diario contra sus propios impulsos. Porque las tres batallas tienen un enemigo común: la gratificación inmediata, esa vocecita que dice "mostralo", "guardátelo" o "ya lo vas a hacer después".

Guardar un secreto: el valor de la reserva

Contar algo que nos confiaron produce un pasajera: el protagonismo de ser el primero en saber, el placer de sentirse parte de un círculo íntimo, la ilusión de que la información nos da poder. La psicología lo explica así: compartir datos reservados activa circuitos de recompensa similares a los de cualquier otro gusto. Pero sostener la discreción es también un acto de respeto hacia quien depositó esa confianza en nosotros, y cada confidencia supone un compromiso ético que va bastante más allá de la comodidad del momento. En la práctica diaria, esto se vuelve más difícil cuando la sobreexposición en redes sociales presenta la reserva como algo casi exótico, como una reliquia de otra época.

Perdonar un agravio: soltar el lastre

Perdonar no equivale a justificar el daño ni a borrarlo de la memoria. La distinción es clave y muchas veces se pierde en la conversación cotidiana: el perdón funciona como una herramienta para liberar el peso emocional que día tras día consume energía mental, no como una absolución del otro. El resentimiento ocupa recursos cognitivos propios de quien lo sostiene, no de quien lo provocó. Soltar ese peso permite recuperar el control sobre la atención y el bienestar personal, que de otro modo quedan atados a las decisiones de terceros. Dicho de manera más simple: el que guarda rencor termina prisionero del enojo ajeno.

Aprovechar el tiempo: el único recurso no renovable

Franklin describía el tiempo como un activo que, a diferencia del dinero o los objetos, no se recupera bajo ningún mecanismo. Hoy, diversas industrias compiten de forma activa por capturar la atención de las personas durante el mayor tiempo posible. El resultado es que estar ocupado no garantiza haber avanzado: la actividad constante y el uso inteligente del tiempo son cosas distintas, y la diferencia la marca la alineación entre los propósitos de cada uno y las decisiones que se toman hora a hora. Marta, mientras acomoda las golosinas, me dice: "Yo antes miraba tres horas de tele sin poder explicar qué vi. Ahora prefiero sentarme media hora y leer algo de verdad". Es, sin saberlo, una clase práctica de Franklin.

“Guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo: las tres cosas más difíciles de esta vida.”Benjamin Franklin

Los tres desafíos comparten una raíz común, y es la que Franklin señaló sin necesidad de jerga técnica moderna: el autocontrol. No se trata de negar los impulsos naturales, sino de ejercitar la capacidad de tomar decisiones conscientes frente a ellos. Esa práctica no es un rasgo de personalidad fijo, sino una habilidad que se entrena. Cada vez que elegimos callar algo que no nos corresponde contar, cada vez que soltamos un rencor que solo nos hace daño a nosotros, cada vez que decidimos en qué invertimos la próxima hora, estamos haciendo exactamente eso: gobernar los propios impulsos. Y eso, me parece mientras me alejo del kiosco de Marta con una coca bajo el brazo, es lo que vuelve tan vigente a un prócer del siglo XVIII en un pueblo del siglo XXI.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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