Picarones, el bocado dorado del Perú que nace de la tierra y termina flotando en miel
Crujientes, esponjosos y con un dulzor que lleva el perfume de la canela y el clavo: así son los picarones que conquistan las mesas limeñas desde hace siglos.

Imaginate una plaza del centro de Lima al caer la tarde, una de esas fuentes donde el agua se cruza con el ruido de los autos y los gritos de los vendedores ambulantes. En una esquina, una paila grande de aceite chisporrotea y, de a poco, van saliendo aros dorados que se apilan sobre papel madera. Esos anillos son picarones: un bocado que tiene la humildad de la calabaza y la dulzura de la chancaca, y que resume como pocos la historia cruzada de los Andes y España.
Una rosquilla con memoria andina
Aunque la forma nos recuerda a los buñuelos españoles, el secreto está en la masa: no llevan harina de trigo como protagonistas, sino un puré hecho con calabaza y boniato hervidos, pasados por colador fino hasta quedar lisos. Esa mezcla es la que les da el color anaranjado y esa textura aireada que los vuelve tan inconfundibles. Cucharada a cucharada, calabaza y boniato se cuecen unos quince minutos en agua hirviendo, se escurren bien y se chafan con varillas. A ese puré se le suman azúcar moreno disuelto en agua, levadura, un toque de anís y harina, y se amasa durante diez minutos. Después, la masa descansa dos horas tapada, a temperatura ambiente, para que la levadura haga su trabajo.
El baile del aceite caliente
La fritura es el momento clave. El aceite tiene que estar bien caliente y la masa se va volcando con ayuda de una manga pastelera, dibujando aros en el líquido burbujeante. Si el centro se cierra, dos palillos ayudan a abrirlo con movimientos circulares. Cuando los picarones están dorados de un lado, se dan vuelta, se escurren sobre papel absorbente y se reservan. Es la coreografía de cualquier puesto callejero que se precie.
- Miel de chancaca: se calienta miel con una rama de canela, cuatro clavos y piel de naranja durante cinco minutos; se retiran las especias y queda una cobertura oscura y perfumada.
- Miel de flores: opción más simple, sin cocción, para quienes no tienen chancaca a mano.
- Fruta fresca de temporada: es la compañía clásica, porque refresca, equilibra el dulzor y no compite con el perfume de las especias.
Dónde probarlos en Buenos Aires
Si querés salir a buscarlos sin prender la cocina, en el barrio de San Telva hay restaurantes peruanos que los sirven como postre clásico. Yo recomiendo probar en un local sobre calle Chile, a metros de Plaza de Mayo, donde los sirven recién hechos, todavía crujientes, con la miel bien caliente y unas rodajas de papaya al costado. También los encontrás en la feria de Mataderos los domingos, a unos quince kilómetros del centro, en el horario de 11 a 17, donde suelen estar listos al mediodía, cuando la paila ya lleva un rato trabajando y los anillos salen parejos. Si preferís cocinar en casa, anotá el dato: la calabaza y el boniato se cuecen en agua hirviendo durante unos quince minutos, la masa reposa dos horas y la fritura lleva apenas un par de minutos por cada aro.
Los picarones son, en definitiva, un pequeño mapa de las idas y vueltas de la comida americana: el boniato que viajaba desde los Andes, la caña de azúcar que se aclimató en el continente, el anís y el clavo que vinieron en las bodegas de los barcos. Cada mordisco es un cruce de caminos. Y ahora que los conocés, te tiro el convite: ¿te animás a preparar la receta en casa este fin de semana, o preferís salir a buscar esa paila humeante en algún puesto? Contame cómo te fue, porque siempre suma un postre con historia propia.
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