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Pipa, el pueblo del Nordeste brasileño que los surfistas convirtieron en santuario playero

Once playas distintas, delfines a metros de la orilla, acantilados rojizos y una gastronomía que recién arranca a la tardecita. Un destino al que se llega fácil desde Buenos Aires y que todavía conserva esa escala humana que tanto cuesta encontrar en el litoral brasileño.

EM
Estela MarconiTurismo y fin de semana · 14 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Lo primero que uno ve al llegar a Pipa es esa sucesión de acantilados colorados que caen sobre el mar verde, con el sol pegando de lleno sobre las rocas y una brisa que ya empieza a oler a sal y a coco. Después aparece el pueblo: calles sin veredas terminadas, casas bajas pintadas en colores vivos y una calma que sorprende para un lugar que recibe turistas de todo el mundo. Está en el estado de Río Grande del Norte, sobre la costa noreste de Brasil, y desde Buenos Aires se llega en vuelo directo a Natal; de ahí al poblado hay aproximadamente una hora y media de auto por una ruta que ya va anticipando el paisaje.

El nombre tiene una historia que a mí, particularmente, me encantó. Cuando los portugueses llegaron a esta costa en el siglo XVII, miraron desde el barco un acantilado con forma curva y les recordó a los barriles de madera que transportaban en sus embarcaciones. En portugués de Portugal, pipa significa exactamente eso: barril. Con los siglos, la palabra se quedó pegada al pueblo como sello de origen.

Once playas con once caracteres distintos

La costa se organiza en once playas y cada una tiene su propia personalidad. La Praia do Amor es la más fotografiada, porque vista desde lo alto del acantilado dibuja una silueta de corazón que enamora a cualquiera; el oleaje ahí es más fuerte que en el resto y por eso es la preferida de los surfistas. Se baja por una escalera tallada en la roca durante la marea alta o se llega caminando por la arena cuando el mar se retira. La Praia do Centro es la cara más tranquila: aguas calmas, pozas naturales que aparecen con la bajante y una hilera de barcos de pescadores que siguen faenando como si el turismo fuera algo que pasa al lado, no encima. Y está la Baía dos Golfinhos, donde los delfines se acercan a comer cerca de la orilla y se los puede ver sin pagar excursión ni contratar guía.

  • Praia do Amor: la de la silueta con forma de corazón, con oleaje fuerte y bajada por escalera en la roca.
  • Praia do Centro: la más tranquila, con pozas naturales en bajante y los barcos de pesca trabajando a la vista.
  • Baía dos Golfinhos: punto de avistamiento de delfines sin excursión ni guía formal.
  • Tibau do Sul y playas del otro lado del río: Malembá, Barreta y Camurupim, con dunas y cajueiros entre médanos.
  • Paseos en buggy por las dunas: arrancan en 85 dólares por vehículo (hasta cuatro personas) y la versión de día completo ronda los 110; el ferry hacia el otro lado del río cuesta unos 2 dólares por persona.

Para los que se animan a moverse un poco más, vale la pena cruzar en balsa hacia Tibau do Sul: del otro lado se abre otro paisaje, con dunas extensas, cajueiros plantados entre los médanos y playas con nombres poco conocidos como Malembá, Barreta y Camurupim. Lo más práctico es hacerlo en buggy, que sale desde unos 85 dólares por vehículo para cuatro personas; la versión de día completo anda por los 110, y la balsa suma alrededor de 2 dólares por persona.

Dónde comer, a qué hora y cuánto cuesta dormir

Algo que hay que saber antes de llegar: la gastronomía local tiene un ritmo propio. La mayoría de los restaurantes abre recién a media tarde, porque la mañana está reservada para el mar. Con esa lógica, sobre la avenida Baía dos Golfinhos, al caer el sol, las veredas se transforman en mesas al aire libre con música en vivo y el plato que no puede faltar es la moqueca potiguar, el guiso de pescado que identifica a la cocina de Río Grande del Norte. En alojamiento, los precios van de los 50 dólares la noche en las opciones más sencillas hasta los 400 en temporada alta, un rango amplio que permite ajustar el viaje al bolsillo de cada uno.

Si están pensando en escaparse unos días del invierno porteño y pisar una playa que todavía no parezca un shopping center, Pipa es de esos lugares a los que uno llega y enseguida entiende por qué los surfistas lo eligieron en los ochenta y nunca lo soltaron. Yo, si me dejan, ya estoy reservando: es de esos destinos a los que uno vuelve distinto, con la arena todavía en los pies y una sonrisa que cuesta sacarse.

EM
Estela MarconiTurismo y fin de semana

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