Por qué algunos se acuerdan de los sueños y otros no: lo que dice la ciencia
Un estudio siguió durante quince días a 217 adultos y encontró que la memoria onírica depende de la edad, la atención que se le presta al sueño y hasta de la calidad del descanso de cada noche.

Son las siete de la mañana en un pueblo cualquiera de la provincia de Buenos Aires y, mientras prepara el mate, Marta, 52 años, me dice con una mezcla de fastidio y resignación que ella nunca se acuerda de lo que sueña. "Me despierto y no tengo nada, como si la noche hubiera pasado en blanco", confiesa, mientras revuelve el azúcar con la cuchara. A su lado, su hija Rocío, 27, la mira asombrada: "Mamá, yo me despierto y a veces ya estoy contándote el sueño antes de abrir los ojos". La escena, repetida en miles de mesas familiares argentinas, acaba de encontrar una explicación en una investigación publicada en la revista Communications Psychology.
Un seguimiento de quince días para entender la memoria onírica
El estudio, que yo misma recorrí con detalle para esta nota, siguió durante quince días a 217 adultos sanos de entre 18 y 70 años. Cada mañana, los participantes respondían si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle. En paralelo, el equipo de investigación recopiló información demográfica, psicológica y del sueño mediante dispositivos de monitoreo y pruebas específicas. El objetivo era dejar de tratar la memoria de los sueños como un capricho del azar y empezar a mirarla como lo que parece ser: un fenómeno con causas concretas.
Lo que encontraron cambia la conversación. La diferencia entre quienes se despiertan con escenas nítidas y quienes apenas conservan una sensación difusa no es cuestión de suerte, sino que depende de rasgos individuales como la edad y la tendencia a la divagación mental, pero también, y esto me parece lo más interesante, de cómo durmió cada persona esa noche en particular. Es decir: no alcanza con ser de los que "siempre se acuerdan"; el sueño de esa noche cuenta, y mucho.
Los cuatro factores que determinan si uno recuerda lo soñado
- La actitud atenta hacia los propios sueños: quienes se interesan más por lo que sueñan tienden a recordarlo con mayor frecuencia.
- La tendencia a la divagación mental: las personas cuya mente encadena pensamientos de forma espontánea, en lugar de mantenerse ancladas en el foco inmediato, retienen mejor el contenido onírico.
- La edad: a medida que pasan los años, cambia la facilidad para consolidar esos recuerdos al despertar.
- La vulnerabilidad a la interferencia: si estímulos como la luz, el ruido o el pensamiento consciente llegan antes de que el sueño se asiente en la memoria, el contenido se pierde sin remedio.
Hay un quinto elemento que el estudio separa con cuidado y que a mí, como lectora curiosa, me dejó pensando: la estructura misma del descanso. Quienes tenían episodios de sueño más largos, con menor proporción de sueño profundo (la etapa N3, asociada a la recuperación física y cerebral) y mayor presencia de fases más livianas, despertaban con más recuerdos. Las etapas más superficiales parecen ofrecer condiciones más favorables para que la experiencia nocturna quede registrada. El dato sirve para derribar un mito muy arraigado: dormir "mejor" no siempre significa recordar más, porque las fases livianas del sueño, justamente las que muchos desprecian, son las que más alimentan la memoria onírica.
Sueño blanco: cuando uno sabe que soñó, pero no puede recordar qué
Otro hallazgo que me parece especialmente humano es la distinción entre dos experiencias que solemos mezclar. Una es recordar el contenido concreto: escenas, acciones, emociones, esos relatos que uno le hace al otro a la mañana siguiente. La otra es el llamado "sueño blanco": despertar con la certeza íntima de que algo ocurrió durante la noche, pero sin poder recuperar ni un solo detalle. Esa segunda experiencia fue más frecuente en ciertos grupos y permitió al equipo confirmar algo que vale la pena repetir: soñar y recordar lo soñado no son lo mismo. Son dos procesos distintos, y por eso pueden fallar por separado.
Vuelvo entonces al inicio, a la cocina donde Marta, 52 años, me decía que ella no se acordaba de nada. Tal vez, después de leer esta investigación, lo que le pase no sea un defecto ni una rareza, sino la combinación precisa de su edad, su forma de dormir y el modo en que su cerebro procesa las interferencias de la mañana. Y que Rocío, su hija de 27, no esté dotada de un don especial, sino que simplemente reúna las condiciones que la ciencia acaba de identificar. La diferencia entre las dos, como se ve, no es cuestión de suerte. Es, en buena medida, una cuestión de cómo cada una duerme y de cómo cada una se despierta.
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