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Un australiano que perdió la movilidad a los 17 da la vuelta al mundo en silla de ruedas y se vuelve una inspiración en redes

Junto a su amigo Lachie Bennett, Fletcher Crowley recorrió cuatro continentes en tres meses, cargó al hombro los 268 escalones del Gran Buda de Hong Kong y buceó con tiburones en Sudáfrica. Ahora financian la segunda etapa del viaje con donaciones de seguidores que se multiplican en Instagram.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 3 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Estoy acá, en un pueblo chico de la provincia de Buenos Aires, tomando un café con María Inés, que tiene 58 años y me pasa el link de un video que vio en Instagram. Me dice, mirá esto, fíjate lo que hace este pibe. Lo que veo es a un chico rubio, parado sobre una silla de ruedas, sonriendo en la cima de una montaña con un paisaje que parece sacado de otra vida. Se llama Fletcher Crowley, tiene veintipocos años y se accidentó en bicicleta de montaña a los diecisiete. Lo que sigue, después de esa fractura de dos vértebras que lo dejó parapléjico, es una historia de amistad, de improvisación y de un lema que ellos mismos repiten cada vez que alguien les pregunta cómo hacen: el mundo no es accesible, nosotros lo somos.

Conocí la historia esta semana, cuando varios lectores me la mandaron al portal con la misma pregunta: ¿esto es de verdad? Sí, es de verdad, y lo cuento como me lo contaron a mí, que es como mejor se entiende. Fletcher puede ponerse de pie y dar unos pasos cortos, pero el esfuerzo lo agota rápido. Por eso viaja en silla de ruedas, y por eso su amigo Lachie Bennett se convirtió en algo más que un compañero de ruta: es su terapeuta, su de logística y, en los momentos más complicados, su espalda. Los dos se conocieron de chicos, en el colegio, se perdieron el rastro y se reencontraron trabajando en el mismo centro de rehabilitación para personas con lesiones medulares en Australia. A los dos los une, además del mate compartido y la música, algo más íntimo: haber lidiado con ansiedad y haber aprendido a manejarla. Esa coincidencia los hizo cómplices.

Una vuelta al mundo comprada casi por impulso

Me cuenta María Inés, mientras revuelve el café con la cuchara, que lo que más le llamó la atención es cómo arrancó la aventura. Iban a ser dos semanas, me dice. Habían planeado una escapada corta cuando les apareció una oferta de pasajes con múltiples escalas y la compraron sin pensarlo demasiado. El itinerario terminó incluyendo Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica. Tres meses, cuatro continentes, una silla de ruedas plegable y dos mochilas.

  • En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones hasta el Gran Buda. Arriba, según contaron, fue un momento surrealista.
  • En Suiza, una familia que los seguía en redes los invitó a quedarse en su casa sin conocerlos.
  • En Francia se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y durmieron una noche en una capilla del siglo diez cerca de Niza.
  • En Brasil recorrieron la selva en cuatriciclo.
  • En Sudáfrica hicieron safari, bucearon con tiburones y volaron en parapente.

La logística, aclaran, no siempre fue una película. Algunos lugares directamente no eran accesibles y había que buscar caminos alternativos o directamente improvisar con Lachie cargando a Fletcher al hombro, literal. Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione, dicen ellos en los videos. Lo que empezó con ahorros propios se transformó cuando empezaron a publicar las postales del viaje en redes. La respuesta fue tan grande que una campaña de micromecenazgo les dio aire para ser espontáneos y aceptar invitaciones que aparecieron en el camino, como la de la familia suiza. Hoy siguen de viaje, ahora en otra etapa, y la segunda parte se financia en buena parte con donaciones de seguidores que se multiplican cada vez que publican un reels.

“El mundo no es accesible, nosotros lo somos.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett

Cierro la nota como la empecé, sentado frente a María Inés, que me mira y me dice, antes de levantarse a pagar la cuenta: sabés qué, lo más lindo no es lo que hicieron, sino que lo filmaron y lo compartieron. Porque hay mucha gente, me dice, que se queda en la casa por miedo. Y este pibe, con la silla, con las limitaciones, con todo lo que le pasó, te dice andá. Yo creo que eso es lo que les llega a la gente. Le doy la razón, le agradezco el café y me voy a escribir esta nota pensando en que, a veces, las historias que más mueven son las que se cuentan en primera persona, en plural, y sin pedir permiso.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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