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Un volcán mendocino se abre al turismo y permite caminar por sus entrañas

En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, el Malacara invita a recorrer dos de sus tres cárcavas y subir a un mirador con vista a la laguna de Llancanelo. La familia Quezada administra el acceso y un equipo de guías locales acompaña a los visitantes entre paredes amarillas, depósitos negros y pasadizos esculpidos por el agua y el viento.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 19 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Llego a La Batra con el viento patagónico todavía en la cara y la primera imagen que me recibe es la de un campo enorme, seco, con el cielo mendocino tan limpio que parece pintado a propósito. En la tranquera me espera Mirta, 58 años, miembro de la familia Quezada, que administra este pedazo de sur y me cuenta, mientras acomoda unos mateos, que durante años acá lo que había eran animales sueltos, caballos y ovejas, hasta que la geología les cambió el oficio.

Estoy en el volcán Malacara, un edificio volcánico pequeño pero generoso, que se dejó abrir por la erosión y ahora propone algo inusual: caminar por dentro. El recorrido, que arman los guías del lugar, atraviesa dos de las tres cárcavas que tiene el macizo en su parte alta y suma una trepada hasta un mirador natural desde donde, si el día acompaña, se distingue a lo lejos la silueta plateada de la laguna de Llancanelo.

Adentro del Malacara, entre colores y pasadizos

Me Interno en la primera cárcava y la sensación es la de entrar a un anfiteatro de roca. Las paredes se levantan onduladas, con manchas amarillas que parecen óxido y, más arriba, capas oscuras casi negras. La geóloga Corina Risso, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, me había anticipado por teléfono lo que ahora veo en persona: esos colores no están ahí de adorno, cuentan una historia.

“El Malacara se formó por la interacción del magma con el agua, posiblemente de una antigua laguna. Ese contacto fragmentó la lava y la alteración de los materiales produjo buena parte de las superficies amarillas. Cuando el agua dejó de intervenir, la erupción continuó y se acumularon materiales oscuros sobre los anteriores. Mucho después, la erosión abrió los corredores que hoy se recorren.”Corina Risso, geóloga e investigadora

De campo ganadero a destino turístico

La transformación del lugar fue gradual y tiene nombre y apellido. En 2000 llegó al campo Corina Risso, acompañada por Alberto “Beto” Quezada, de la familia dueña del predio. Dos años después, la geóloga presentó sus investigaciones en Malargüe y, casi en paralelo, los Quezada empezaron a organizar salidas con guías de la zona. Primero se hacía a caballo, por senderos internos del campo. En 2006, una antigua huella petrolera permitió entrar con camioneta y después con maquinaria para mejorar el camino.

Mirta me mira mientras caminamos hacia la segunda cárcava y me dice, con esa mezcla de orgullo y cautela que tienen los criollos del sur: “Acá criábamos animales toda la vida. Hoy criamos visitantes, pero con el mismo cuidado”. Lo dice mientras señala unos depósitos negros que lo frágiles que son: basta rozarlos con la yema de los dedos para que se desgrane un poco de material.

Qué ofrece hoy la visita al Malacara

  • Una caminata guiada por el interior del volcán, atravesando dos de sus tres cárcavas.
  • La observación de formaciones rocosas con paredes amarillas y depósitos oscuros, explicadas por guías locales.
  • El ascenso a un mirador con vista panorámica hacia la laguna de Llancanelo y el paisaje del sur mendocino.
  • Un recorrido accesible para visitantes de distintas edades, siempre acompañados por personal del predio de la familia Quezada.

Vuelvo al inicio de la jornada, a esa tranquera de La Batra donde me recibió Mirta con el mate listo, y ahora entiendo por qué me insistía tanto en que mirara el suelo antes de mirar el cielo: porque lo que el Malacara tiene para mostrar está abajo, entre sus grietas, en esos pasadizos amarillos y negros que hace miles de años abrieron el agua y el viento y que hoy, con paciencia criolla, la familia Quezada decidió compartir con quien tenga ganas de caminar y de escuchar.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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