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Vivir más años sin enfermedades: la cuenta pendiente de los vínculos y la soledad

Un estudio con más de 277.000 adultos seguidos durante años en el Reino Unido vuelve a poner sobre la mesa una verdad incómoda: sentirse solo y estar aislado pesan distinto sobre el cuerpo y sobre la mente, y los hábitos saludables alcanzan para atenuar uno pero no el otro.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 26 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Son las siete de la tarde en un pueblo chico del interior y, mientras el termómetro empieza a bajar, en la plaza quedan apenas tres personas. Hay un señor que da vueltas con el perro, una chica que mira el celular sentada en un banco y una vecina que, cada noche, se sienta sola a tomar mate. A veces le pregunto cómo está y siempre me contesta lo mismo: que está bien, pero que la casa se le hace grande. Esa escena, multiplicada por millones, es la que hoy pone a los investigadores a repensar algo que parece obvio pero que no lo es: no es lo mismo estar solo que sentirse solo, y la diferencia, medida en años de vida saludable, puede llegar a casi seis.

Una investigación reciente basada en datos del Biobanco del Reino Unido encontró que la soledad y el aislamiento social se asociaron con menos años vividos sin enfermedades crónicas, y que la brecha más grande se dio en la salud mental de los hombres, con 5,8 años de diferencia frente a quienes no atravesaban esas situaciones. Para las mujeres, esa misma brecha llegó a 3,7 años. Los resultados fueron difundidos por la Universidad de Tulane en un comunicado del 22 de septiembre de 2026 y llevan la firma, como investigador principal, de Lu Qi.

Dos palabras que no significan lo mismo

Antes de seguir, vale una aclaración que parece técnica pero resulta central para entender todo lo que viene. El aislamiento social es un dato objetivo: tener pocas relaciones, ver poco a la gente, participar poco de la vida comunitaria. La soledad, en cambio, es un sentimiento subjetivo: es el malestar por la falta de una conexión significativa, aunque haya gente alrededor. Por eso, como señala el Consejo Nacional de Envejecimiento, una persona puede estar rodeada de vínculos y sentirse profundamente sola, o vivir con pocos contactos pero sentirse plenamente acompañada.

Esa distinción es la que el estudio tomó en serio al cruzar los datos. Siguieron a más de 277.000 participantes de entre 40 y 69 años que, al momento de ingresar al Biobanco del Reino Unido, no presentaban ninguna de las siete condiciones evaluadas: diabetes, enfermedades cardíacas, problemas pulmonares, demencia, cáncer, depresión ni ansiedad. Tomando los 50 años como referencia, calcularon cuántos años podían esperar vivir sin desarrollar esas enfermedades, según su grado de aislamiento y de soledad.

Qué pasa con el cuerpo y qué pasa con la mente

Las cifras que arrojó el análisis permiten separar el impacto físico del impacto mental, y allí aparece uno de los hallazgos más elocuentes. En las mujeres que atravesaban soledad y aislamiento social, la estimación de vida sin enfermedades físicas fue 2,4 años menor; en los hombres, 1,7 años menor. Hasta acá, las diferencias son razonables y relativamente parejas entre sexos.

El dato fuerte se corrió hacia la salud mental: 3,7 años menos para las mujeres y 5,8 años menos para los hombres. La diferencia de casi seis años en el caso masculino no es un número menor: equivale a perder buena parte de una década de vida sin depresión ni ansiedad, que son justamente las dos condiciones que más deterioran la convivencia con uno mismo y con los demás.

Los hábitos alcanzan para una cosa, pero no para la otra

Como ciudadana que recorre pueblos y escucha mesas de café, siempre me pregunto hasta dónde alcanza lo que cada uno puede hacer por su cuenta. Este trabajo ofrece una respuesta parcial pero honesta: comer bien, moverse, dormir bien y no fumar atenuaron la pérdida de años sin enfermedades asociada al aislamiento social, pero no redujeron de manera significativa los riesgos vinculados con sentirse solo. En otras palabras: cuidar el cuerpo ayuda a sobrellevar el estar lejos de los demás, pero no compensa el vacío de no sentirse acompañado.

  • Aislamiento social: pocas relaciones o interacciones limitadas con los demás. Es un dato objetivo.
  • Soledad: malestar por la falta de una conexión significativa. Es un sentimiento subjetivo.
  • Hábitos saludables (alimentación, actividad física, sueño, no fumar): atenuaron los efectos del aislamiento, pero no los de la soledad.
  • Diferencia mayor hallada: 5,8 años menos de vida sin problemas de salud mental en hombres con soledad y aislamiento social.

Cuando vuelvo a pensar en aquella vecina del pueblo, en su mate y en su casa grande, la investigación me deja una conclusión que no necesita tecnicismos: las políticas públicas, los centros de salud y las comunidades pueden ayudar a tejer redes y a acercar servicios, pero el agujero que deja la soledad es más profundo y requiere algo que ningún menú ni ninguna rutina puede reemplazar. Para mí, que hace años recorro pueblos y escucho historias parecidas, el dato más fuerte de este estudio no es el número 5,8 sino el recordatorio de que ninguna lista de hábitos saludables sustituye a alguien que pregunte cómo estamos y se quede a escuchar la respuesta.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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