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Cuando el avión empieza a temblar antes de despegar: lo que se puede hacer con el miedo a volar, según un neurólogo

El especialista Conrado Estol repasó cómo la anticipación del embarque y las sacudidas en vuelo alimentan la ansiedad, y propuso ejercicios concretos para poner en perspectiva un temor que suele aparecer mucho antes de subir a la aeronave.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 23 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

A veces el avión todavía no se movió del aeropuerto y el cuerpo ya está en alerta. El control de seguridad, la fila para migraciones, la corrida para llegar a tiempo al embarque: todo eso puede quedar pegado a la ansiedad del vuelo y transformarse en un padecimiento que empieza varias horas antes de que la aeronave despegue. Lo dijo el neurólogo Conrado Estol, que se detuvo en esa anticipación como una de las puertas de entrada del miedo a volar, sin descartar que, en algunos casos, la claustrofobia también empuje desde adentro.

Conocí esa sensación en un viaje a Mar del Plata en micro, escuchando a Marta, 52 años, comerciante del barrio de Once, contarme que hace años evita los viajes en avión por lo que siente en la panza apenas pisa el aeropuerto. Cuando le pregunté qué la atormentaba más, me dijo sin dudar: "Las turbulencias. Aunque sepa que no pasa nada, mi cabeza no me deja tranquila". Su caso es un buen espejo para la explicación del especialista, porque apunta justo a uno de los puntos que Estol puso bajo la lupa: lo que se siente en el cuerpo muchas veces corre por delante de lo que se sabe con la cabeza.

Ponerle números al cielo

Para empezar a desarmar ese miedo, Estol propuso un ejercicio poco habitual: abrir una aplicación de seguimiento de vuelos y mirar, en tiempo real, cuántos aviones están circulando por el mundo. La idea, según explicó, es dimensionar un movimiento que resulta ajeno a la vida cotidiana en tierra y ubicar el propio viaje dentro de una rutina aérea que se repite miles de veces por día. Conocer las estadísticas de seguridad, aclaró, no impide que aparezca una respuesta emocional frente a una experiencia que sigue siendo nueva para quien la atraviesa.

  • Observar en una app la cantidad de vuelos en curso para dimensionar la actividad aérea.
  • Distinguir las turbulencias asociadas a tormentas de las que aparecen con cielo despejado.
  • Tener presente que los episodios fuertes suelen durar segundos o pocos minutos, aunque la percepción los estire.
  • Comparar las sacudidas del avión con los movimientos tolerados en un viaje en tren.
  • Evitar el alcohol como recurso para sobrellevar el temor, porque puede generar insomnio y deshidratación.

Cuando el avión se sacude con cielo claro

Una de las aclaraciones que más llamó la atención fue la de las sacudidas que aparecen sin nubes a la vista. Estol distinguió las turbulencias vinculadas a tormentas de las que se producen en aire claro, que también pueden hacer vibrar al avión aunque la ventanilla muestre un cielo despejado. El especialista describió que, en esos casos, la expectativa de cuánto durará el movimiento suele aumentar la inquietud: los episodios fuertes, por lo general, se extienden durante segundos o unos pocos minutos, aunque quien los atraviesa pueda imaginar que continuarán durante horas.

Para los fenómenos meteorológicos más serios, el neurólogo recordó que los pilotos cuentan con herramientas para identificarlos y modificar el recorrido, y que los protocolos de cabina apuntan a reducir distracciones durante la operación. Su planteo de fondo fue claro: el objetivo es que el miedo no termine condicionando los viajes ni las vacaciones. Y a Marta, como a tantos que se reconocen en esta historia, le diría lo mismo que Estol dejó flotando en el aire: entender cómo funciona un avión no borra el temblor en la panza, pero ayuda a mirarlo con un poco más de distancia antes del próximo despegue.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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