Cuando el teléfono se calla y la cabeza empieza a hablar: lo que hay detrás de la sobreinterpretación de mensajes en la pareja
Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño explican por qué una respuesta breve o una demora pueden disparar tormentas internas y qué herramientas concretas propone cada una para cortar ese circuito antes de que se instale la desconfianza.

A veces la escena es tan chica que parece ridícula cuando uno la cuenta en voz alta, y sin embargo del otro lado del mostrador, en una casa de pueblo donde las paredes todavía escuchan, alguien la vive como si fuera enorme. Son las seis de la tarde, cae el sol detrás de los eucaliptus y María Ester, 52 años, comerciante de toda la vida, mira el celular por tercera vez en diez minutos. Su pareja tardó cuarenta minutos en responderle un audio y ella ya armó en la cabeza una película completa: enojo, desinterés, alguien más, un final. "Sé que es una locura", me dice mientras acomoda una bandeja de facturas sobre el mármol de la cocina, "pero cuando no me contesta rápido me como la cabeza sola, y después discuto por cosas que ni pasaron". María Ester no lo sabe, pero lo que le pasa tiene nombre, tiene mecanismos y, sobre todo, tiene salida.
La neuropsicóloga Karina Carreño lo explica con una distinción clave, casi una línea divisoria que conviene aprender de memoria: no es lo mismo lo que ocurrió que lo que nosotros decidimos que significa. Que la pareja haya contestado con pocas palabras es un dato, un hecho comprobable; que esté molesta, distante o enojada, eso ya es una interpretación, y por lo tanto algo que todavía no sabemos. Antes de mandar ese segundo mensaje cargado de sospecha, la recomendación es frenar, respirar y hacerse esa pregunta en voz alta si hace falta: qué pasó realmente y qué le estoy agregando yo.
Cuando el cerebro completa lo que no tiene
Por qué cuesta tanto quedarse quieto hasta tener una respuesta, entonces. Carreño lo resume así: cuando falta información sobre lo que siente o piensa la otra persona, el cerebro se empecina en anticiparlo. Y como no tiene datos concretos, recurre a lo que tiene más a mano: experiencias anteriores, viejas heridas, miedos que uno carga sin darse cuenta. Una demora cualquiera termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento real que permita sostener esa conclusión. Es un mecanismo involuntario, casi automático, y por eso mismo es tan difícil de desactivar.
La psicóloga Marina Mammoliti agrega otra capa a esa mirada. Las experiencias dolorosas propias pesan mucho a la hora de leer lo que hace la pareja. Una necesidad genuina de estar a solas, por ejemplo, puede leerse como indiferencia cuando existe miedo al abandono. La inseguridad, la baja autoestima o el antecedente de una infidelidad funcionan como combustible que alimenta la búsqueda de confirmaciones y, con ella, la necesidad de controlar al otro, de pedir explicaciones cada vez más seguido, de pedir seguridades que tampoco alcanzan.
Las herramientas concretas que proponen las especialistas
- Distinguir el hecho de la interpretación: registrar qué pasó objetivamente y qué significado se le está agregando.
- Bajar la ansiedad antes de responder, no durante: regularse primero para no reaccionar en piloto automático.
- Preguntar de manera directa en vez de investigar por canales paralelos: la única forma de saber qué siente la otra persona es preguntarle.
- Aprender a convivir con los tiempos del otro: no siempre se puede tener una explicación en el mismo momento en que aparece la inquietud.
- Atender la propia emoción: antes de descifrar al otro, reconocer qué nos está pasando frente a ese silencio o esa respuesta seca.
- Volver a los hechos concretos y abrir el diálogo antes de que la conjetura se transforme en discusión.
Porque el verdadero desgaste no aparece cuando uno piensa de más, sino cuando esas conjeturas empiezan a dirigir las respuestas. Carreño describe escenas que se repiten en los consultorios: discusiones enteras por situaciones que nunca ocurrieron, pedidos reiterados de seguridad que terminan agotando a la otra persona y, con el tiempo, van mellando la confianza de los dos lados. La propuesta de ambas especialistas es la misma, y suena simple aunque demande práctica diaria: volver a los hechos y abrir el diálogo antes.
Vuelvo a María Ester, que mientras acomoda el último pan de la bandeja me mira como pidiendo permiso para confesar algo más. "La otra noche le pregunté directo qué le pasaba, sin culpas, sin sobreactuar", me dice, "y me dijo que estaba cansado del trabajo. Nada que ver con lo que yo había imaginado toda la tarde". Después se ríe, se acomoda el delantal y vuelve a mirar el celular, pero esta vez lo apoya en la mesa con la pantalla hacia abajo. "Ahora me obligo a esperar un rato antes de abrirlo", dice, "no siempre me sale, pero cuando me sale, la paso mucho mejor". A veces, del otro lado de la pantalla, lo único que falta es una pregunta hecha a tiempo y un poco de silencio propio para no inventar la respuesta antes de recibirla.
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