Sábado, 26 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Buscar ⌕

El Quijote Noticias

Portada — Vida —

Cuando la palabra se escapa: la escena de todos los días en cualquier pueblo

La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas describe cómo recuperar un término que no llega, por qué ocurre esa pausa tan conocida y en qué momento conviene consultar a un especialista.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos · 26 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Son las diez de la mañana en la plaza del pueblo y Marta, 58 años, se queda con la boca entreabierta frente a su vecina. Está segura de lo que quiere decir: ese aparato con dos rodillos que se usa para amasar la pasta casera. Lo tiene en la cabeza, casi puede tocarlo, pero el nombre no le sale. "El coso ese, ¿viste?", prueba, mientras las dos se ríen de una situación que, en realidad, le pasa a casi todo el mundo. Yo mismo, mientras tomaba nota en un café de la esquina, vi cómo una mesa entera se detenía ante la misma sensación: la palabra está ahí, en la punta de la lengua, pero se niega a aparecer.

Lo que Marta vivió es un fenómeno tan común como poco nombrado. Según Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica, acceder a una palabra no es un acto simple: primero se activa su significado y, recién después, se recuperan los sonidos que permiten pronunciarla. Cuando ese segundo paso se demora o se interrumpe, aparece lo que en psicología cognitiva se conoce como punta de la lengua, esa pausa en la que el concepto parece claro pero su nombre no llega.

Estrategias que ayudan a retomar el hilo

Si una palabra no aparece durante una charla, la especialista propone caminos concretos para salir del atolladero sin frustarse. A veces alcanza con buscar un sinónimo; otras, con describir aquello que se quiere nombrar. Pensar en la letra inicial del término, en su utilidad o en sus características también funciona como pista para que el cerebro complete el recorrido. Son recursos que permiten acercarse al significado por distintas vías y seguir conversando sin que la incomodidad se apodere del momento.

  • Buscar un sinónimo que exprese la misma idea.
  • Describir el objeto o la acción con palabras propias, como hizo Marta con "el coso ese".
  • Pensar en la letra con la que empieza la palabra buscada.
  • Asociar el término con su utilidad concreta en la vida cotidiana.
  • Recordar características físicas, colores o tamaños que lo diferencien.

Para estimular la fluidez verbal en el día a día, Sánchez Salinas sugiere conversar sobre asuntos que resulten de interés y contar información con palabras propias, sin apoyarse siempre en textos escritos. Son actividades que obligan a recuperar conocimientos, ordenar ideas y prestar atención al intercambio con el otro. Disminuir las distracciones, sumarse a grupos de lectura o animarse a juegos de mesa con palabras suelen ser aliados silenciosos para sostener esa gimnasia mental.

Cuándo conviene consultar

La distinción importante, aclara la neuropsicóloga, está entre un episodio aislado y una dificultad que se repite y complica la comunicación. No es lo mismo olvidar un nombre de tanto en cuanto que empezar a confundirse con objetos de uso cotidiano o perder el hilo de una conversación a mitad de camino. Cuando eso se vuelve frecuente, aparecen errores al denominar cosas habituales o se notan cambios en el habla que la propia persona o su entorno registran, es momento de pedir una evaluación.

Una evaluación clínica y neuropsicológica puede contribuir a comprender esos síntomas y orientar el diagnóstico y el tratamiento. El criterio central es observar si las dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba la persona antes y si interfieren en su vida cotidiana. No alcanza con la queja de un mal día: hay que mirar el patrón, la persistencia y el impacto concreto en la autonomía.

Por qué ocurre y qué cambia con los años

El fenómeno puede aparecer a cualquier edad, sobre todo cuando hay cansancio, distracción o presión por responder rápido. Con los años suele hacerse más frecuente, aunque eso no implica necesariamente haber perdido la palabra: a veces surge minutos después, cuando cesa el esfuerzo por encontrarla, como me contó Graciela, 62 años, que todavía festeja cada vez que el término olvidado aparece justo cuando ya está pagando el café.

El envejecimiento no modifica todas las capacidades del lenguaje por igual. Sánchez Salinas señala que puede llevar más tiempo recuperar ciertos términos, mientras que la comprensión cotidiana suele conservarse. Esa diferencia, precisa y esperanzadora, es la que separa un envejecimiento normal de una preocupación que merece estudio profesional.

Vuelvo a la plaza, donde Marta todavía charlaba con su vecina. En algún momento de la conversación volvió a aparecer el aparato con dos rodillos para amasar, esta vez con su nombre correcto. No hizo falta un especialista ni una consulta: bastó con seguir hablando, dejar que la presión aflojara y confiar en que el cerebro completa el camino cuando uno deja de exigírselo en voz alta. La próxima vez que una palabra se esconda, recordemos la escena: lo más humano, a veces, es darle tiempo y, si la dificultad insiste, pedir una mano.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo