El baño de bosque, una práctica que nació en el Japón industrial y que hoy se practica hasta en una plaza
Caminar sin apuro entre árboles, sin teléfono y sin metas deportivas es la base del shinrin-yoku, una idea de 1982 que investigó qué le pasa al cuerpo cuando se sumerge en un entorno verde.

Yo llegué ese sábado a eso de las diez de la mañana a la plaza central de un pueblo serrano, todavía con el motor del auto enfriándose y el teléfono en la mano, como tantas veces. Pero esa mañana la idea era otra: dejar el celular en el bolsillo, aflojar el paso y mirar los árboles como si fueran lo más importante del mundo. Eso, ni más ni menos, es lo que los japoneses llaman shinrin-yoku, el baño de bosque, una práctica que nació en 1982, cuando el gobierno de ese país buscaba desesperadamente una salida al estrés crónico que estaba quebrando la salud de su población en plena transformación industrial.
La idea de base es bastante sencilla, y eso es justamente lo que la hace poderosa. Se trata de caminar despacio por un entorno con árboles, sin cronómetro en la muñeca, sin contar kilómetros, sin la presión de cumplir un objetivo deportivo. La consigna es prestar atención a lo que se ve, a lo que se escucha, a lo que se huele y a lo que se respira. Nada más que eso. Y sin embargo, quienes la practican con regularidad suelen describir una sensación particular de calma que, como me dijo María Inés, una vecina de 52 años que conozco desde chica, se siente como si una le bajara el volumen a la cabeza.
Qué dice la ciencia que pasa en el cuerpo
A lo largo de las últimas cuatro décadas, distintos equipos de investigación se dedicaron a medir qué ocurre en el organismo durante esas caminatas. Los resultados más repetidos en los papers apuntan a una reducción de los indicadores fisiológicos del estrés, sobre todo del cortisol, esa hormona que se dispara cuando vivimos con la guardia alta. También se registraron cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático, que es el que se activa cuando estamos en alerta.
Hay además una línea de investigación que miró con especial atención a los fitoncidas, unos compuestos volátiles que liberan los árboles y que en el laboratorio mostraron cierta influencia sobre el sistema inmunológico. Aunque esa hipótesis es de las más atractivas, los propios investigadores son prudentes y reconocen que todavía no permite sacar conclusiones definitivas. Lo que sí aparece como un patrón bastante sólido es que el cuerpo responde al ambiente en el que funciona, no solamente a las técnicas o a las decisiones conscientes de cada uno.
Hay, además, una hipótesis que a mí me resulta muy interesante y que tiene que ver con la sobrecarga de atención de la vida moderna: las notificaciones, las pantallas, las decisiones constantes y los estímulos que piden respuesta permanente. En el bosque, esa vigilancia se afloja. La atención pasa de un modo reactivo, siempre en alerta, a otro más tranquilo, y eso podría estar detrás de esa sensación de claridad mental que mucha gente describe después de una caminata entre árboles.
No hace falta un bosque lejano
Es importante aclarar que la mayoría de los estudios comparan al bosque con ambientes urbanos, así que no se puede separar con precisión cuánto del efecto viene de los árboles en sí y cuánto de otros factores asociados, como el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o simplemente el hecho de alejarse unas horas de las obligaciones habituales. Lo que sí parece sostenerse es una idea más amplia, casi de sentido común si uno lo piensa bien: durante la mayor parte de la historia humana, el sistema nervioso funcionó en ambientes naturales, y la vida urbana, con toda su intensidad, es relativamente reciente en comparación.
Por eso me gusta insistir en algo que suele quedar afuera de la conversación: para probar un baño de bosque no hace falta viajar a un bosque lejano, ni juntarse con un grupo especial, ni gastar una fortuna. Una plaza arbolada, un parque de barrio, una arboleda a la salida del pueblo y media hora sin pantallas pueden ser suficientes. Yo lo comprobé aquella mañana en la plaza, y María Inés, mi vecina de 52 años, me confirmó algo parecido con una frase que se me quedó dando vueltas: la cabeza no se calla porque uno le mande a callar, se calla porque, por fin, se le da un lugar donde bajar los brazos.
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