El corto de Miyazaki que solo puede verse en una sala de Tokio y a cambio de un viaje
Durante más de dos décadas, una pieza del universo de Totoro permaneció oculta del circuito comercial: fue pensada para un museo, no para el mercado.

“Cuando te haces amigo de alguien, no le pegas una patada. Si no quieres tener más amigos, patéalos.”Totoro (Mi vecino Totoro, 1988)
A mí, cada vez que alguien me cuenta que estuvo en Tokio y pasó por el Museo Ghibli, le pregunto lo mismo antes de seguir hablando: ¿viste el corto de Mei? La mayoría me mira sin entender de qué les hablo, y eso me parece fascinante, porque estamos hablando de una película animada de trece minutos que lleva más de veinte años existiendo en la más absoluta penumbra comercial, escondida a plena vista dentro de un museo que ya de por sí parece sacado de un cuento, y que sin embargo sigue siendo una de las obras más inaccesibles que Hayao Miyazaki haya firmado jamás. Se llama Mei y el gatitobús, fue terminado en 2002 y es, técnicamente, la secuela menos pensada y más querida de Mi vecino Totoro: no una precuela, ni un remake, ni un gancho comercial, sino una pequeña aventura nocturna en la que la hermana menor de Satsuki y Kusakabe se cruza con el hijo menor del gatobús, ese vehículo felino que ya en 1988 se había convertido en una de las imágenes más queridas del cine de animación japonés.
Una pieza hecha para un solo lugar
Lo que vuelve a este corto una rareza casi absoluta es que nunca fue pensado para circular fuera de un único edificio. Miyazaki escribió el guion y lo dirigió, Chika Sakamoto volvió a poner la voz de Mei —la misma niña que catorce años antes había debutado en la película original— y la música la firmó Joe Hisaishi, el compositor de cabecera del estudio. Pero el destino del material estaba escrito desde el arranque: el Museo Ghibli, ese parque temático-edificio que el estudio levantó en Mitaka, al oeste de Tokio, en 2001, como una especie de casa grande del imaginario de la productora, con su calle de scenario, su jardín frondoso y sus salas pequeñas donde se proyectan films que no se ven en ningún otro lado. Ahí, y solo ahí, se exhibe Mei y el gatitobús. No hubo DVD, no hubo estreno en streaming, no hubo edición internacional. La sala no permite fotografiar. Y las pocas veces que la obra salió de Japón fue en proyecciones puntuales, casi excepcionales, que no volvieron a repetirse.Conseguirla, entonces, depende de una sola cosa: subirse a un avión, o resignarse a que forme parte del catálogo de cosas que uno sabe que existen y probablemente nunca va a ver en la pantalla grande como fueron pensadas.
Por qué importa volver a Totoro después de catorce años
El contexto ayuda a entender la decisión. Mi vecino Totoro se estrenó en 1988 y cuenta la historia de dos hermanas que se mudan con su padre a una casa en el campo mientras su madre está internada en un hospital; allí aparecen criaturas del bosque, los Totoros, y un mundo que funciona como un abrazo. Con los años, aquella película se volvió un punto de inflexión en la historia del estudio, casi el acta de fundación de todo lo que vendría después, desde La princesa Mononoke hasta El viaje de Chihiro, y también la pieza que empezó a darle a Miyazaki un público enorme fuera de Japón. Que en 2002 el director haya decidido volver a ese universo, pero eligiendo un formato tan chico y un circuito tan restringido, dice mucho de qué tipo de obra quería hacer esta vez: no algo para el mercado, no algo para llenar salas, sino un regalo para un lugar específico y para la experiencia concreta de visitarlo.
- Cortometraje animado de 13 minutos, dirigido y escrito por Hayao Miyazaki.
- Producido en 2002 en forma exclusiva para el Museo Ghibli de Mitaka.
- Protagonizado por Mei, con la voz de Chika Sakamoto y música de Joe Hisaishi.
- Nunca fue editado en formato doméstico ni en plataformas de streaming.
- Fuera de Japón solo se proyectó en ocasiones puntuales y aisladas.
Si alguien me preguntara si vale la pena viajar a Tokio para ver un corto de trece minutos, le diría que esa es exactamente la pregunta equivocada. Lo que vale la pena es entender que ciertos creadores todavía son capaces de hacer obras que no existen para todos, que no se miden por la cantidad de gente que las va a ver, y que justamente por eso terminan importando más. El Museo Ghibli entero está construido bajo esa lógica: un lugar al que se va a entrar en silencio, a dejar el celular guardado, y a descubrir cosas como este corto, que existen para ser vividas una sola vez, en una butaca, en una sala que no acepta fotos. Yo, personalmente, ya tengo decidido que la próxima vez que vaya a Tokio no voy a intentar ver todo: voy a sentarme a esperar el turno, entrar cuando me toque, y dejar que Mei me lleve otra vez al bosque. Les cuento cuando vuelva.
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