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Treinta y siete pibes de Neuquén que viajan a ver cómo se hace un auto: les falta una mano antes del lunes

Los alumnos de sexto año de la EPET 17 llevan meses haciendo bingos, vendiendo pollos y pidiendo aportes para llegar a la planta de Ford en General Pacheco y a una fábrica de cajas de cambio en Bella Vista. La mayoría ya pagó lo que pudo; ahora la comunidad apura la última colecta para no dejar a nadie afuera.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · · 3 min de lectura
Treinta y siete pibes de Neuquén que viajan a ver cómo se hace un auto: les falta una mano antes del lunes

Estoy en el barrio Gregorio Álvarez, en Neuquén, donde funciona el taller de la EPET 17, y lo que se ve esta mañana es un movimiento raro para una escuela técnica: chicos y chicas repartiendo planillas, familias cruzándose en la puerta, docentes contando plata entre mate y mate. Es que el lunes próximo, a primera hora, treinta y siete estudiantes de sexto año, junto a cuatro profesores y una preceptora, van a subirse a un avión rumbo a Buenos Aires con un objetivo muy concreto: pisar la planta de Ford en General Pacheco y una fábrica de cajas de cambio en Bella Vista, dos lugares donde se hace, en serio, lo que ellos estudian en el aula.

Cuando los escucho hablar, lo que más rescato es la mezcla de expectativa y de nervios. Van a cursar autotrónica, una especialidad que mete la cabeza en la electrónica aplicada al auto, en los sensores, en los sistemas que hoy reemplazan al viejo mecánico con la llave. Lo que aprenden en el taller de la escuela -un espacio con elevador y herramientas que en buena parte llegaron como donación de empresas y agencias del rubro- es la base. Ver una línea de montaje en escala industrial es la otra cara de esa misma moneda, la que la escuela no puede mostrar.

Una colecta que arrancó a mediados de año

La campaña para juntar la plata lleva meses, y lo que más llama la atención es cómo se organizó. Patricio Fontenla, maestro de enseñanza práctica de Autotrónica, tomó la bandera junto con los demás docentes y las familias, y desde mediados de año se largaron con bingos, sorteos y venta de pollos. Ese esfuerzo ya tiene resultados concretos: los pasajes de avión de ida y vuelta, el transporte terrestre en Buenos Aires y la mitad del alojamiento están pagos. Lo que falta ronda los quince o dieciséis millones de pesos, un número que sirve para terminar de cubrir el hospedaje, los almuerzos y los traslados extra que aparezcan durante la estadía.

Mercedes tiene diecisiete años y cursa en una de las divisiones de sexto. Me cuenta, mientras firma una planilla, que todavía no vio el mar y que el viaje a Buenos Aires le cambia la referencia del mapa. 'Yo nunca subí a un avión, así que ya con eso me alcanza', dice, y se ríe como si le diera vergüenza la confesión. Su mamá, que está a su lado con el teléfono en la mano, completa: 'Pusimos plata para el bingo, vendimos números, hicimos rifas con los vecinos. Lo que más me duele es que si no llegamos, es por plata, no por ganas'.

En el fondo, lo que más me queda dando vueltas es la imagen del elevador del taller, ese que se construyó con donaciones y que les permite levantar un auto y meterse debajo. Los chicos lo usan casi como bandera: lo que ellos quieren es ver, ya de grande, cómo se hace ese mismo auto pero en serie, en una fábrica que produce cientos por día. Por eso el viaje es más que una salida de fin de curso. Por eso la escuela, los padres y hasta los vecinos están metidos hasta el cuello.

A la salida del turno, todavía con el ruido del portón metálico de fondo, vuelvo a encontrarme con la misma sensación del arranque: una comunidad educativa empujando para que estos pibes puedan subirse al avión el lunes. Las donaciones se canalizan mediante transferencia al alias bingo.epet17, una cuenta a nombre de Claudia Arrieta. El reloj, como me dijo una de las madres mientras secaba unos papeles con la mano, corre: 'Es ahora o es nunca'. Y la chance, para estos treinta y siete estudiantes neuquinos, es cómo se ensambla un auto en vivo.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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