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Un perro en la rutina: lo que la ciencia viene encontrando sobre el vínculo con las personas

Investigaciones en psicología y medicina revisaron durante años el efecto de convivir con canes. Hormonas, movimiento y compañía aparecen como factores que pueden aliviar el estrés, acompañar la soledad y ordenar la jornada de adultos mayores, niños y personas aisladas.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · · 4 min de lectura
Un perro en la rutina: lo que la ciencia viene encontrando sobre el vínculo con las personas

La mañana en el barrio de Belgrano empieza, como tantas otras, con Gladys, de 67 años, abriendo la puerta de su departamento para que Mora, su perra callejera adoptada hace ocho años, salga al paseo. Antes de que su marido muriera, en 2019, Gladys apenas caminaba dos veces por semana. Hoy, llueva o truene, sale a la calle tres veces al día, conversa con los vecinos del edificio de enfrente y vuelve a casa con el celular lleno de fotos del animal. Cuando le pregunto qué la sostiene, me mira a Mora y dice, sin dudarlo: "Ella me levantó, yo estaba tirada en la cama y ella me sacó a la calle".

La escena que cuento no es excepcional ni mucho menos casual. Una parte importante de la literatura científica sobre bienestar emocional pasó, en los últimos años, a prestar atención al vínculo entre personas y perros. No se trata de una moda ni de una creencia popular sin fundamento: hay revisiones de estudios, mediciones hormonales y observaciones en distintos grupos etarios que intentan entender por qué compartir la vida con un can puede modificar el ánimo, la rutina y hasta la salud física.

Cortisol, oxitocina y paseos: lo que midió la ciencia

Una de las revisiones más citadas es la que realizó la investigadora Diane Dreher, que reunió trabajos sobre los efectos físicos y emocionales del vínculo entre personas y perros. El análisis abarca investigaciones sobre ansiedad, depresión, estrés, desarrollo infantil, adultos mayores y programas de terapia asistida con animales.

En el terreno biológico, los estudios mencionan dos hormonas como protagonistas: el cortisol, asociada a la respuesta de estrés, y la oxitocina, ligada a los lazos sociales y la confianza. Una revisión publicada en 2012, firmada por Andrea Beetz, Kerstin Uvnäs-Moberg, Henri Julius y Kurt Kotrschal, analizó justamente esos mecanismos y describió posibles efectos de calma asociados al contacto afectivo con animales, incluyendo variaciones hormonales tras el contacto visual o físico entre perros y sus cuidadores.

  • El cortisol, conocido como la hormona del estrés, suele descender en presencia del animal, según varios estudios revisados.
  • La oxitocina, vinculada a la confianza y al apego, tiende a aumentar tras la interacción cariñosa con el perro.
  • Caminar con un perro impone una rutina de salidas que favorece el movimiento cotidiano y los contactos sociales.
  • Los expertos remarcan que asociación estadística no equivale a causalidad directa: los resultados deben leerse con cautela.

También los especialistas consultados subrayan algo que conviene repetir: una asociación estadística no prueba causalidad directa. El bienestar mental depende, además, de las condiciones materiales, la salud física, los vínculos personales y el acceso a atención profesional. Es decir, el perro no reemplaza a un psicólogo ni a un médico, pero podría integrarse, según la literatura, a una red de cuidado más amplia.

Adultos mayores, niños y personas aisladas: a quiénes más se estudió

Para los adultos mayores, la convivencia con un perro puede cobrar una relevancia especial cuando las oportunidades de interacción social se reducen. La presencia del animal no elimina las causas de la soledad, pero modifica la experiencia diaria de quien la atraviesa: aporta compañía, un propósito concreto y una estructura que ordena la jornada. Gladys resume esa sensación con una frase que repitió varias veces mientras la entrevistaba: "Sabes que tenés que levantarte, porque ella te espera, come, pasea, y eso te obliga a estar presente en tu propio día".

En la infancia y la adolescencia, los perros pueden ocupar un lugar como fuente de cercanía y consuelo. La literatura revisada describe que un animal ofrece una interacción previsible y sin juicios: cuidarlo, jugar o simplemente estar junto a él puede ayudar a regular emociones después de situaciones estresantes, siempre dentro de una red que incluya acompañamiento adulto y, cuando haga falta, atención especializada.

Antes de terminar la nota vuelvo a la puerta del edificio de Gladys. La veo despedirse de Mora con un beso en la cabeza antes de que su nieto, de 9 años, la venga a buscar para pasar la tarde. El chico abraza a la perra, le ofrece un pedazo de galleta y arrastra a su abuela hacia el ascensor. Gladys me saluda con la mano, me promete más fotos y, sobre todo, me recuerda por qué vine hasta acá: en temas de bienestar emocional, la ciencia aporta marcos, mide hormonas, revisa estudios y propone mecanismos. Pero en la vida cotidiana, lo que sostiene a una vecina como Gladys es algo mucho más simple, que también, según parece, tiene su explicación en los papers: una perra que la obliga a salir, la hace reír y le devuelve, cada mañana, las ganas de empezar el día.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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