Adentro de la ballena, afuera del duelo: una película que pide silencio y paciencia
El director Brian Duffield lleva a Austin Abrams al estómago de un cetáceo gigante para hablar de un padre que ya no está y de un hijo que todavía no aprendió a despedirse. Una propuesta arriesgada que divide aguas.

Hay una frase que se repite entre quienes pescan en aguas profundas y que el costarricense Kent Haruf puso en boca de unos personajes suyos cuando les tocó hablar de lo que se pierde y de lo que, sin embargo, sigue vivo debajo de la superficie: «El río es el río, y el amor es el amor». Algo de esa Filosofía sencilla sobrevuela la nueva película de Brian Duffield, Whalefall, un filme que arranca en un lugar donde casi ninguna película se atreve a entrar: el estómago de una ballena. Y que, contra toda lógica de blockbuster, elige quedarse ahí, no para ofrecer un espectáculo de supervivencia pura, sino para convertir esa trampa orgánica en el escenario íntimo de un duelo que el protagonista nunca terminó de hacer.
Lo que se ve en pantalla es lo siguiente: un hombre atrapado dentro de un cetáceo gigante, con el reloj corriendo en su contra y el cuerpo como única herramienta. Austin Abrams, a quien el público masivo recuerda por su paso por la saga Resident Evil, carga con casi todo el peso de la narración en esa situación extrema, en la que las conversaciones con su padre fallecido funcionan como flashback disfrazados de alucinación, de recuerdo y, también, de reproche pendiente. La dinámica padre-hijo que la película pone en el centro habla del amor que no se dijo, de las despedidas que se postergaron hasta que ya no hubo a quién despedir y de esos vínculos que se quiebran sin terminar de romperse del todo, un registro emocional que remite de manera directa al padre de Ad Astra, la película de James Gray con Brad Pitt, con la que Whalefall comparte la frecuencia y el riesgo de apostar por la introspección en un envoltorio de género.
Una apuesta visual que sostiene y un tramo final que se repite
El diseño del interior de la ballena, generado por computadora, resulta efectivo para transmitir la ansiedad de enfrentarse a la muerte en condiciones que ningún ser humano puede revertir con la voluntad. Hay texturas, y un trabajo de sonido que ayuda a que el espectador sienta que ese estómago es un sitio inhabitable. El tramo final, eso sí, apoya en efectos de mayor escala para apuntar a una conclusión que se quiere épica, y en el camino incluye secuencias de escape que se reiteran con margen de maniobra acotado por la propia naturaleza del espacio, algo que puede leerse como una decisión estética o como un problema de ritmo, según la tolerancia de cada butaca.
Acá es donde la película deja de ser una experiencia compartida y empieza a ser dos. Hay quienes van a salir del cine sacudidos por esa exploración de una relación filial que no se cerró nunca y que recién encuentra palabras cuando ya no hay manera de volver atrás; también los hay que van a sentir que el equilibrio entre la acción y el drama no termina de cerrar y que el drama se come al dispositivo de supervivencia. La apuesta visual y el punto de partida inusual, de todos modos, distinguen a Whalefall dentro del género, y la convierten en una de esas películas que se recomiendan o se descartan con una frase, según cuánto resuene su pregunta central: si el cine de supervivencia gana o pierde cuando le suma un drama familiar en el corazón de la historia, y para mí, en esta oportunidad particular, gana, porque la ballena es solo una excusa para hablar de lo que no nos animamos a hablar en la mesa, un domingo cualquiera.
“La ballena es solo una excusa para hablar de lo que no nos animamos a hablar en la mesa.”Andrea Oliveto
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