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Cuando el cuerpo se queda sin reservas: la grasa que hace falta y la que sobra

Expertos en metabolismo y composición corporal explican por qué reducir demasiado el tejido adiposo puede afectar músculos, huesos y hormonas, y por qué un número en la balanza no alcanza para saber cómo está el organismo.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · · 4 min de lectura
Cuando el cuerpo se queda sin reservas: la grasa que hace falta y la que sobra

Lo que se ve en el espejo no siempre coincide con lo que pasa adentro. En los consultorios de nutrición y en los gimnasios de los pueblos del interior, cada vez más personas se obsesionan con bajar el porcentaje de grasa corporal, convencidas de que mientras menos adiposidad tengan, mejor será su salud. Pero la realidad es más complicada: el cuerpo necesita una cantidad mínima de grasa para funcionar, y cuando esas reservas caen demasiado, empiezan los problemas. El músculo pierde volumen, los huesos se deterioran, las hormonas se desregulan y hasta la respuesta ante una infección grave puede quedar comprometida.

Esta nota surge a partir de investigaciones recientes y de la lectura de trabajos firmados por Tamara Hew-Butler, de la Universidad Estatal de Wayne, Jessica Maung, de la Universidad de Míchigan, y Fredrik Karpe, de la Universidad de Oxford, que coinciden en un punto central: no existe un porcentaje de grasa adecuado para todo el mundo, y reducirlo de manera excesiva puede traer consecuencias serias.

Un número que no dice todo

Un porcentaje de grasa corporal, por sí solo, no alcanza para evaluar la composición del cuerpo. La edad, el sexo y la distribución del tejido adiposo influyen en esa lectura. Además, las herramientas de medición tienen diferencias importantes que conviene tener en cuenta:

  • Balanza de bioimpedancia: puede arrojar resultados distintos según el nivel de hidratación de la persona, lo que vuelve al dato poco confiable en muchos casos.
  • Plicómetro (pliegues cutáneos): no permite conocer la grasa que rodea los órganos, que es justamente la más relevante para la salud metabólica.
  • Densitometría DEXA: distingue entre tejido graso, masa magra y masa ósea, y es la más precisa, aunque necesita equipamiento especializado y puede ser costosa.

La propia Hew-Butler participó en un estudio con más de 700 deportistas en el que se utilizó DEXA. Los mínimos registrados fueron del 10 por ciento en hombres y del 16 por ciento en mujeres, muy lejos del 1 o 2 por ciento que suele mencionarse cuando se habla de definición muscular extrema. Esos números, que circulan en redes sociales y publicidades de suplementos, no se corresponden con lo que muestran las mediciones reales.

Qué pasa cuando el cuerpo se queda sin grasa

Jessica Maung, investigadora de enfermedades metabólicas, explicó que una cantidad insuficiente de grasa puede alterar distintos órganos y sistemas. Cuando una restricción intensa de calorías reduce esas reservas, el cuerpo empieza a tomar decisiones para sobrevivir: puede recurrir al músculo para obtener energía y, al mismo tiempo, perjudicar tanto la generación de tejido óseo como su reparación. El resultado es una persona que quizás se ve más flaca, pero que por dentro está perdiendo masa muscular y densidad ósea.

Los cambios hormonales son otra de las señales de alerta. En hombres con una alimentación insuficiente, la testosterona puede disminuir, y con ella la energía y el rendimiento físico. En algunas deportistas, los niveles demasiado bajos de grasa se relacionan con irregularidades menstruales o directamente con la falta de menstruación, lo que a largo plazo puede afectar la salud ósea. Fredrik Karpe, profesor de medicina metabólica de Oxford, señaló además que disponer de pocas reservas dificulta la respuesta del organismo ante infecciones graves, porque el cuerpo no tiene con qué defenderse.

Estas consecuencias se explican por las tareas que cumple el tejido adiposo, que no es solo un reservorio pasivo de energía. Además de guardar combustible para cuando hace falta, produce leptina, una hormona que le comunica al cerebro cuánta energía hay disponible. Si esa señal disminuye porque las reservas están demasiado bajas, el organismo empieza a relegar funciones para ahorrar recursos: apaga la reproducción, frena la reparación ósea, prioriza los órganos vitales.

La grasa que sí sobra: la que se acumula alrededor de los órganos

El exceso también importa, y mucho, especialmente cuando la grasa se concentra en el abdomen y rodea los órganos. La acumulación de grasa visceral favorece la liberación de sustancias inflamatorias que aumentan el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y ciertos tipos de cáncer. Es decir: no se trata de tener la menor cantidad posible de grasa, sino de tener la cantidad adecuada y en el lugar correcto.

Por eso los especialistas insisten en que la composición corporal debe evaluarse de manera integral. Un número en una balanza o en un informe de bioimpedancia es apenas un dato más, que necesita contexto: la edad, el sexo, el historial deportivo, los hábitos alimentarios y, sobre todo, cómo se siente la persona. La salud no se mide en porcentajes, se mide en bienestar, en capacidad de moverse, en calidad de vida. Y eso, por ahora, no lo dice ninguna máquina.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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