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Domingo, 11 de octubre de 2026
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Decir que no también se aprende: lo que cuesta no poner límites y lo que duele no aceptarlos

La psicóloga Laura Maffía recorre los dos patrones opuestos que deja una infancia sin límites claros: el que se borra ante el otro y el que no tolera que le digan que no. Ambos se construyen temprano y, con trabajo, pueden revisarse.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · · 5 min de lectura
Decir que no también se aprende: lo que cuesta no poner límites y lo que duele no aceptarlos

Llego a la consulta un martes a las siete de la tarde, como cada semana desde que me mudé a este pueblo chico de la provincia de Buenos Aires. En la sala de espera hay una mujer de unos cincuenta y tantos, de esas que parecen llevar encima el peso de haber dicho que sí demasiadas veces. Se llama Adriana, tiene 53, y mientras espera su turno me cuenta, sin casi conocerme, que vino derivada por su médica clínica después de que los estudios no le encontraran nada y los dolores siguieran apareciendo. Insomnio, contracturas, una angustia que no se va con ningún ibupiraco. Lo que le pasa, dice, es que no puede decir que no. Ni a su hijo, ni a su ex, ni a la vecina del quinto que le pide favores a las once de la noche. Todo eso lo escuché y lo fui guardando, porque me parece una de las escenas más repetidas que uno se topa cuando empieza a mirar este tema con atención: personas adultas que cargan con un cansancio que ningún descanso resuelve, porque no es físico, es psíquico.

Cuando uno se pone a investigar en serio por qué cuesta tanto decir que no, aparece casi siempre la misma raíz: un aprendizaje temprano. El límite empieza a construirse desde los primeros meses de vida, en esa conversación silenciosa entre el chico que necesita y el adulto que lo contiene. El pecho que no siempre está disponible, el no firme ante un peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en el momento como frustración, es lo que después va a permitir distinguir entre lo que uno quiere y lo que el otro necesita, entre el propio deseo y la realidad. Por eso el límite no se opone al amor: es una de sus formas más concretas. Sin esa experiencia, queda un agujero difícil de nombrar, que después se llena con culpa, con sometimiento o, en el extremo contrario, con la necesidad de imponerse a toda costa.

Dos patrones opuestos, un mismo origen

Cuando ese proceso no se completa bien, lo que aparece son dos figuras que uno ve una y otra vez en la consulta, en la familia, en el trabajo. Una es la de quien no puede poner límites. Aprendió temprano que el propio deseo molesta, o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos son concretos y los enumera la especialista Laura Maffía, psicoanalista y autora del libro "El poder de los límites": cuadros de ansiedad, un resentimiento que se acumula de a poco y un cansancio que ningún descanso alcanza a disolver. Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.

La otra figura es la inversa pero del mismo origen: el que no tolera el límite ajeno. Para alguien así, cualquier no se vive como una ofensa o un desafío. Parece seguridad en uno mismo, pero responde en realidad a una imagen frágil que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, alrededor de esa persona, se organizan en función de su voluntad, y a mediano plazo eso las va vaciando, porque nadie puede sentirse cómodo en un vínculo donde el propio deseo siempre pierde.

  • No poder decir que no: aparece ansiedad, resentimiento acumulado y un cansancio que no se resuelve durmiendo. Con el tiempo, el cuerpo empieza a somatizar: dolores sin causa clara, insomnio, malestares que la medicina no siempre encuentra.
  • No tolerar el no ajeno: cualquier límite del otro se vive como ofensa o desafío. Las relaciones se ordenan alrededor de la voluntad propia y, con el tiempo, se van vaciando.
  • El punto intermedio, que no es sumisión ni imposición, se construye con un costo real: hay que arriesgar un vínculo afectivo o económico. Aun así, suele ser más barato que sus alternativas.

Entre los dos extremos queda un punto al que vale la pena llegar: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como amenaza. Llegar ahí implica arriesgar algo concreto, el vínculo con alguien de quien se depende, ya sea por afecto o por plata. Es un costo. Lo que Maffía subraya, y a mí me parece lo más importante de todo lo que me llevó a escribir esta nota, es que ninguno de los dos patrones es un rasgo inmodificable de carácter. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, se puede revisar. Un tratamiento adecuado ofrece ese espacio: aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro, ni al hijo ni al amigo ni al jefe. Y empezar a escuchar el no ajeno sin que se caiga el mundo.

“El límite no es lo opuesto del amor, es una de sus formas. Y lo más importante es que no es un rasgo inmodificable: se construyó en un momento y puede revisarse.”Laura Maffía, psicoanalista y autora de "El poder de los límites"

Antes de cerrar vuelvo a la sala de espera de aquel martes. Adriana, 53 años, me mira como pidiendo permiso para decir lo que sigue. Me cuenta que la semana que viene va a probar algo que jamás probó: decirle a su hijo que no puede pasar por su casa todos los días a buscar a la nieta. No sabe cómo le va a ir, pero dice que por primera vez en mucho tiempo sintió que el dolor de espalda aflojó un rato. Lo tomo como una pequeña señal de que, cuando la palabra llega a donde no llegaba, algo en el cuerpo empieza a aflojar. Y me quedo pensando en cuántos Adrianas y cuántos Adrianos hay dando vueltas por ahí, aguantando lo que no quieren aguantar, mientras podrían estar empezando a construir, grandes, ese límite que de chicos nadie les ayudó a poner.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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