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El niño interior que construyó un imperio de títeres: la huella imperecedera de Jim Henson

A más de tres décadas de su muerte, el creador de los Muppets sigue dando lecciones sobre humor, ternura y la vigencia de lo absurdo en la pantalla.

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Andrea OlivetoCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
El niño interior que construyó un imperio de títeres: la huella imperecedera de Jim Henson

El documentalista Albert Lamson dijo alguna vez que los grandes inventores son, ante todo, niños que nunca dejaron de jugar. Esa definición me parece la que mejor le calza a Jim Henson, el titiritero que a los diecisiete años se paró frente a una cámara por primera vez en un programa infantil que duró apenas tres semanas, y que de ese tropiezo inicial supo sacar la semilla de una de las aventuras creativas más estéticas de la televisión del siglo XX. Porque lo que vino después ya lo sabemos: los Muppets, Barrio Sésamo, Fraggle Rock y todo un lenguaje propio que todavía hoy sigue siendo referencia ineludible cuando se habla de humor inteligente dirigido a las infancias pero disfrutable por grandes.

Lo que siempre me conmovió de Henson es que nunca se conformó con hacer reír: él mismo lo explicaba con una claridad que ya quisiera para mí cualquiera de los guionistas que conozco. Decía que los personajes más interesantes que había creado tenían una fijación o un rasgo que se podía exagerar, y que en esa exageración estaba la gracia, porque la gente terminaba viéndose a sí misma en el rasgo del otro. Esa filosofía del trabajo, que suena tan sencilla y que tan pocos aplican, fue la que le permitió construir a la Cerdita Peggy o a la rana Gustavo con la misma densidad humana con la que un dramaturgo construye a sus protagonistas de carne y hueso.

El absurdo como puerta de entrada a lo real

Henson tenía además una teoría sobre lo absurdo que a mí, cada vez que la releo, me parece más lúcida que la de varios manuales de guion que andan dando vueltas. Lo definía así: absurdo es tomar lo que es realmente la vida y llevarlo a una abstracción que la gente reconozca. No era un capricho surrealista, era un camino para que los espectadores se identificaran con personajes que en la vida cotidiana jamás se cruzarían, pero que en la pantalla terminaban funcionando como espejo de nuestras propias manías, nuestros miedos y nuestras alegrías más cotidianas.

Cuando Henson murió en mayo de 1990, a los 53 años, a causa de un choque tóxico originado por una infección bacteriana, tenía todavía una agenda cargada de proyectos y una carrera en plena actividad. Su muerte nos dejó a todos los que crecimos con sus personajes con esa sensación rara de quedarnos a mitad de una conversación, pero al mismo tiempo con un catálogo tan vasto y tan bien construido que las décadas siguientes no hicieron más que confirmar su vigencia: Disney terminó incorporando los Muppets a su catálogo y producciones como Barrio Sésamo y Fraggle Rock siguen siendo material de referencia ineludible en cualquier charla seria sobre televisión infantil y familiar.

Yo les confieso que cada vez que un creador joven me habla de hacer humor para chicos me agarra una sana curiosidad por saber si conoce a Henson, si lo estudió, si se sentó a ver sus entrevistas largas como las que quedan registradas en los archivos de la BBC y de la Television Academy, porque ahí está la clave de todo. Solía decir que la gente más sofisticada que conocía eran todos niños por dentro, y yo creo que esa es la mejor manera de resumir su legado entero: un tipo que se tomó en serio el juego, que nunca dejó morir al niño que llevaba adentro, y que por eso construyó un universo que todavía nos sigue haciendo compañía.

Para volver a entrar en su mundo

  • Muppet Show, la serie original que marcó un antes y un después en la televisión de variedades con títeres.
  • Barrio Sésamo, para entender cómo se puede enseñar sin moralizar y sin perder el humor.
  • Fraggle Rock, la joya ochentosa que demostró que lo absurdo y la ternura pueden convivir sin pisarse.
  • Labyrinth y The Dark Crystal, dos películas que muestran su faceta más ambiciosa fuera de la televisión.
  • El especial El cristal encantado: cumple veinticinco años, ideal para ver en familia y comprobar que el encanto no envejece.

Mi recomendación, si nunca se sentaron a ver una producción de Henson con tiempo y sin distracciones, es que esta semana elijan cualquiera de estos títulos, le bajan el volumen al teléfono y se dejan llevar. Les prometo que van a terminar entendiendo por qué más de treinta años después de su muerte seguimos hablando de este titiritero como si fuera un clásico de la literatura, y por qué su modo de entender el humor sigue siendo una brújula tão válida para la pantalla de hoy como lo fue en los años setenta y ochenta.

AO
Andrea OlivetoCultura y espectáculos

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