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La Copenhague de posguerra que esconde una trama de maternité, clasismo y un crimen real detrás de La chica de la aguja

La película de Magnus von Horn, rodada en blanco y negro, rescata un caso criminal danés para hablar de maternidad, pobreza y los márgenes de elección que deja una sociedad desigual

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Andrea OlivetoCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
La Copenhague de posguerra que esconde una trama de maternité, clasismo y un crimen real detrás de La chica de la aguja

Hay películas que llegan a la sala y parecen hechas de esa materia con la que se tejen los recuerdos de infancia, esos que uno guarda en un cajón y de tanto en tanto abre para ver si todavía siguen ahí, del mismo modo en que uno se acerca a veces a las salas del centro y se queda un rato parado en la puerta, mirando los cartelitos de los estrenos, antes de decidir cuál es la película que va a terminar acompañándonos esa noche. La chica de la aguja, el largometraje que el director sueco-polaco Magnus von Horn estrenó en 2024 y que ahora llega a las pantallas argentinas, es una de esas películas: rigurosa, contenida, dolorosa, y al mismo tiempo atravesada por una sensibilidad muy precisa que obliga a mirarla de cerca, como si quisiera que el espectador no se conformara con la superficie del crimen y se quedara, en cambio, con todo lo que ese crimen deja ver sobre las mujeres, la pobreza y la maternidad en una Europa que todavía estaba tratando de curarse las heridas de la Primera Guerra Mundial.

La historia se sitúa en una Copenhague marcada por las privaciones y por las distancias sociales que dejó la posguerra, y sigue los pasos de Karoline, una joven trabajadora embarazada que no encuentra cómo resolver su situación económica ni qué hacer con el bebé que viene en camino. En ese contexto aparece Dagmar, interpretada por la actriz danesa Trine Dyrholm, una mujer que se presenta como capaz de conseguir familias dispuestas a recibir a los hijos de madres que no pueden criarlos. Para Karoline, ese ofrecimiento abre una puerta frente a un futuro que se presenta cada vez más cerrado, y es ese vínculo entre las dos el que sostiene buena parte de la narración.

Un caso real contado con paciencia

El punto de partida del filme es un caso criminal que efectivamente ocurrió en la Copenhague de esa época, y la película lo combina con el suspenso y con un retrato muy marcado de las condiciones de vida de las mujeres de aquel período. La información sobre Dagmar y sobre el destino de los bebés se va revelando de manera gradual, de modo que la confianza entre los personajes queda atravesada por la sospecha, y la puesta en escena -con una fotografía en blanco y negro que forma parte central de la propuesta- refuerza esa sensación de encierro y de ciudad alejada de cualquier mirada idealizada.

Además del caso criminal, el relato plantea una pregunta que a mí, personalmente, me parece de las más incómodas que puede formular una película: qué margen real tiene una persona para elegir cuando le faltan recursos, apoyo y red, y hasta qué punto una sociedad habilita o condena a las mujeres que, en ese marco, esas condiciones aparecen como sus únicas opciones. La película no responde con un sermón ni con un juicio, sino con la misma paciencia con la que arma sus planos, y deja que el espectador salga del cine con esa pregunta dando vueltas, como cuando uno sale de una función de noche y camina unas cuadras en silencio antes de poder decir nada.

  • Director: Magnus von Horn, realizador sueco-polaco responsable también de Sweat.
  • Protagonistas: Vic Carmen Sonne como Karoline y Trine Dyrholm como Dagmar.
  • Rodaje y estética: filmada en blanco y negro, con una recreación cuidadosa de la Copenhague de posguerra.
  • Punto de partida: un caso criminal real ocurrido en Dinamarca en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial.
  • Estreno original: 2024, en el marco del circuito de festivales europeos, con llegada posterior a la cartelera argentina.
“La película no responde con un sermón ni con un juicio, sino con la misma paciencia con la que arma sus planos, y deja que el espectador salga del cine con esa pregunta dando vueltas.”Andrea Oliveto

Si me preguntan a mí, y me hago cargo de la recomendación, La chica de la aguja es de esas películas que conviene ver en una sala cómoda, sin celular en la mano, con tiempo para dejarse llevar por su ritmo pausado y por la textura de su blanco y negro. No es un filme fácil ni complaciente, pero sí es de los que se quedan: uno sale a la calle, mira la vereda, mira a la gente que pasa, y durante un rato no puede dejar de pensar en esas mujeres a las que la historia, tantas veces, les dio muy pocas salidas. Atrévanse a esta Copenhague de posguerra, que en más de un sentido todavía nos está hablando.

AO
Andrea OlivetoCultura y espectáculos

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