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La vez que Miyazaki viajó a Suecia a buscar a Pippi Calzaslargas y se volvió con el bosque de Kiki

Un viaje frustrado en 1971 dejó bocetos, paisajes y una niña pelirroja que terminaría transformándose en Mimiko y, mucho después, en los cielos europeos de Nicky, la aprendiz de bruja.

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Andrea OlivetoCultura y espectáculos · · 3 min de lectura
La vez que Miyazaki viajó a Suecia a buscar a Pippi Calzaslargas y se volvió con el bosque de Kiki

“Fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión”, recordó Hayao Miyazaki, muchos años después, sobre el día en que un pequeño estudio le ofreció la posibilidad de adaptar en anime a la niña más traviesa de la literatura sueca. Aquella frase, que el director japonés guardó como una pequeña bandera personal, condensa el espíritu de una aventura que terminó en frustración pero que, paradoja mediante, sembró buena parte de su obra posterior. Les cuento la historia tal como la reconstruyo, porque tiene algo de cuento nórdico cruzado con el ADN del estudio que más tarde se llamaría Ghibli.

A principios de los años setenta, Miyazaki y su socio creativo Isao Takahata acababan de abandonar Toei Animation tras el fracaso comercial de Las aventuras de Hols, el príncipe del sol. Los convocó el productor Yasuo Otsuka para un estudio chico llamado A-Pro, que buscaba diferenciarse de la producción televisiva dominante de la época. El proyecto que entusiasmó a ambos fue, justamente, una serie animada basada en las novelas de Pippi Calzaslargas, la criatura pelirroja y descalza que Astrid Lindgren había sacado al mundo en 1945.

Un viaje a Visby y un portazo

En 1971, Miyazaki viajó personalmente a Suecia para negociar los derechos con la escritora. El recorrido por los paisajes de Visby, en la isla de Gotland, le modificó para siempre la imagen que tenía de Europa: aldeas orgánicas, esos pueblos medievales con techos rojos y costas abiertas terminaron grabándose en su cuaderno de bocetos. La negociación, en cambio, no prosperó. Lindgren estaba disconforme con una adaptación cinematográfica de su personaje realizada en 1949 y, según los relatos de la época, consideraba que la animación japonesa era demasiado violenta para el universo que había imaginado para los chicos.

  • El rechazo dejó a Miyazaki con un archivo completo de bocetos y de material de investigación sin destino inmediato.
  • El protagonista traviesa y pelirroja se transformó en Mimiko, la niña de Las aventuras de Panda y sus amigos (1972), un mediometraje dirigido por Takahata y escrito por Miyazaki.
  • La historia tuvo una secuela al año siguiente, en 1973.
  • Dieciséis años más tarde, Miyazaki reutilizó los paisajes de Suecia como referencia visual para la ambientación de Nicky, la aprendiz de bruja (1989), basada en la novela de la escritora británica Diana Wynne Jones.

Lo que me conmueve de esta historia, y se los confieso porque a mí me gusta entrar en estas notas con el corazón abierto, es la idea de que un portazo puede ser el punto de partida de una obra enorme. Takahata, que tanto sabía de mirar a los niños, valoraba que los libros de Lindgren cuestionaban la tradición de la literatura infantil europea, que solía presentar a los chicos como sujetos a corregir. Cuando leo esto pienso en cuántas veces un no rotundo termina siendo el empujón hacia un sí auténtico. Si esta nota les dejó ganas de volver a mirar Nicky, la aprendiz de bruja con otros ojos, y de prestar atención a esos pueblos nórdicos que cruzan la pantalla, les recomiendo como siempre hacerlo con pochoclo, a la noche, cuando la casa se calla. Vale la pena.

AO
Andrea OlivetoCultura y espectáculos

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