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Snooks Arm, el pueblo donde el mar deja de ser promesa y se vuelve amenaza: Josh Hartnett y Mackenzie Davis encabezan un thriller canadiense que ya es fenómeno de público

Una miniserie de seis capítulos filmada en Terranova cosechó 17 millones de reproducciones en apenas cuatro días y reabre el debate sobre cómo contar el terror cuando el paisaje es casi un personaje más

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Andrea OlivetoCultura y espectáculos · · 2 min de lectura
Snooks Arm, el pueblo donde el mar deja de ser promesa y se vuelve amenaza: Josh Hartnett y Mackenzie Davis encabezan un thriller canadiense que ya es fenómeno de público

Hay algo que el cine entendió hace tiempo y que la televisión parece redescubrir con cada nueva camada de thrillers: que el verdadero miedo pocas veces está en lo que se ve, y casi siempre en lo que se intuye, en lo que queda fuera de cuadro, en ese borde del cuadro adonde la mirada del espectador quiere ir y la cámara no lo deja. Como escribió alguna vez Stephen King, “el monstruo más pavoroso es el que construimos nosotros mismos a partir de lo que no vemos”. Esa convicción atraviesa de punta a punta la nueva apuesta canadiense que, sin hacer ruido en la previa, terminó convertida en uno de los fenómenos de audiencia del año.

La serie en cuestión se llama “Bajo la superficie” y no llegó a la pantalla con la promoción de otros estrenos, pero sí con una contundencia numérica difícil de ignorar: en apenas cuatro jornadas desde su lanzamiento, acumuló 17 millones de visualizaciones, una marca que la ubica entre los debuts canadienses más vistos de la plataforma que la distribuye. Son apenas seis episodios de alrededor de 40 minutos cada uno, un formato breve, casi de libro de cuentos, pensado para maratonear pero también para digerir capítulo por capítulo.

Un pueblo de Terranova, un pescador y algo que no debería estar en el agua

La historia se ancla en Snooks Arm, una localidad costera de Terranova que, como tantos pueblos del Atlántico canadiense, vive de espaldas al continente y de cara al mar. Allí vive Calvin Penney, un pescador al que Josh Hartnett le imprime ese tono de hombre agotado por la rutina que el actor viene trabajando con solvencia desde hace años. La muerte reciente de su progenitor y un puñado de cuentas pendientes con su propio pasado pesan sobre cada decisión que toma, y es justo cuando empieza a notar señales inexplicables en el agua que su vida cotidiana empieza a desmoronarse.

El segundo vértice del relato lo aporta Mackenzie Davis, que se pone en la piel de Fonda Howander, una investigadora marina cuya mirada científica contrasta de manera casi pedagógica con la experiencia directa de los pescadores. Esa tensión entre lo que puede explicarse en un laboratorio y lo que los vecinos juran haber visto en la oscuridad del amanecer es, a mi entender, el verdadero motor narrativo de la propuesta, mucho más que cualquier criatura que pudiera asomar entre las olas.

El paisaje como personaje y el terror como atmósfera

La producción eligió filmar en la propia Terranova, y eso se nota: no hay planos genéricos de costa, hay sal en la ropa de los personajes, hay bruma que entra por las ventanas, hay un aislamiento geográfico que no funciona como decorado sino como condicionante. Sin recursos externos y con los vínculos del pueblo como única red de contención, los habitantes de Snooks Arm enfrentan la crisis a la antigua: mirándose a los ojos, discutiendo en los muelles, negándose a soltar lo que conocen.

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Andrea OlivetoCultura y espectáculos

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