Criamos con lo que somos: la mochila invisible que cada madre y cada padre arrastra hasta la cuna
Un psicólogo especializado en trauma recorre las huellas que la infancia deja en la crianza, advierte que ni la repetición ciega ni la oposición a los propios padres alcanzan, y marca las pistas para distinguir cuándo la historia personal se cruza en la relación con un hijo.

Lo primero que aparece cuando uno se cruza con Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma, es una idea que él repite casi como un mantra y que desarma de entrada el anhelo moderno de empezar la paternidad desde cero: nadie cría en el vacío. Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en que nacimos, dice. Y esa historia, agrega, vuelve a aparecer en la forma de hablar, en los límites que se ponen o no se ponen, en la manera de reaccionar frente a un conflicto y hasta en lo que se da por sentado sobre el éxito, el dinero y el cariño.
Lo que importa, según el especialista, no es evitar toda repetición, porque eso es imposible, sino aprender a interrumpir lo que hace daño. Lo que hace falta cortar es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o produce sufrimiento de manera sostenida, precisa McCoubrey. La diferencia no está en la forma del mandato, sino en el efecto que produce en quien lo recibe.
Las marcas que más cuesta dejar atrás
Las huellas más difíciles de revisar no siempre son las más ruidosas, advierte el psicólogo. Muchas veces están tan incorporadas que ni siquiera se cuestionan durante décadas. Entre las más comunes menciona pérdidas silenciadas, violencias naturalizadas, vergüenzas heredadas y mandatos que viajan de generación en generación sin que nadie los firme. El rasgo que las une, dice, suele ser la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno esperaba.
“Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
- Pérdidas que nunca se nombraron en voz alta y que pesan como fantasmas en la casa.
- Violencias que se vivieron como normales porque así las repitió la generación anterior.
- Vergüenzas que se heredan sin saber de quién vienen y se cargan como propias.
- Mandatos rígidos sobre el deber ser que dejan poco aire para lo que el hijo realmente es.
- La tentación de hacer exactamente lo contrario de lo que se vivió, que suele terminar en una pelea con los padres, no con el niño.
Sobre ese último punto McCoubrey hace una advertencia que a muchos los detiene en seco: querer hacer todo lo contrario a lo que se vivió tampoco garantiza nada. Quien se crió con un padre autoritario puede jurar que jamás gritará, y aun así terminar gritándole al hijo por otra razón, por otro motivo, con la misma bronca adentro. El especialista señala que quien creció con una crianza muy rígida puede terminar creyendo que cualquier frustración del niño es un trauma, y entonces confunde proteger con sobreproteger, y acompañar con invadir.
La clave, insiste, no está en buscar un punto medio matemático entre lo que hicieron los propios padres y lo que uno quisiera haber tenido. Está en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente, con sus años, sus tiempos y sus necesidades. Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla, y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver, resume McCoubrey.
Señales de que la historia personal se está metiendo en la crianza
Para el psicólogo, una de las pistas más claras de que la propia historia está interfiriendo en la crianza es la desproporción. Una bronca que desborda una rabieta común, una preocupación que se vuelve angustia ante una nota baja en el colegio, la necesidad imperiosa de tener todo bajo control cuando el hijo sale a jugar a la casa del vecino. Son reacciones que, miradas de cerca, suelen tener menos que ver con el niño de hoy y más con el niño que el adulto fue.
Cambiar esos patrones, aclara McCoubrey, no implica prometer que nunca más va a fallar. A veces el primer cambio no es no gritar nunca, sino poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto. Ese volver, pedir y enmendar, dice, es lo que empieza a cortar la cadena que venía pasando de generación en generación.
Al final de la charla queda flotando una idea que, en el fondo, es bastante reparadora. Criar no es borrar lo que uno trae, ni inventar una familia nueva como si la propia no hubiera existido. Es mirar la mochila, decidir qué se lleva y qué se deja en el umbral de la puerta, y entrar a la habitación del hijo con las manos lo más libres posible. Maxi McCoubrey, especialista en trauma, lo resume con una frase que suena a permiso: revisar la propia historia no es culparse, es empezar a criar de un modo nuevo, con los mismos padres que a uno le tocaron, pero con un adulto distinto del que ellos imaginaron.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

Neuquén cierra un octubre con sabor a paritaria: el bolsillo estatal se mueve al ritmo del IPC

Cuando operar es prevenir: la historia clínica del nódulo de tres milímetros que preocupa a León XIV

