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Viernes, 2 de octubre de 2026
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Cuando cuidar se vuelve una carga que no distingue género pero sí pega más fuerte

Una encuesta de la Universidad Austral sobre 120 cuidadores principales reveló que seis de cada diez sufren algún grado de sobrecarga y que el 40,8 por ciento llega a un nivel considerado intenso. Las mujeres siguen siendo quienes más postergan su descanso, sus proyectos personales y su vida laboral.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · · 4 min de lectura
Cuando cuidar se vuelve una carga que no distingue género pero sí pega más fuerte

En el consultorio de la licenciada en enfermería Marta Domínguez, de 52 años, la jornada empieza antes de que salga el sol y termina mucho después de que el pueblo se haya dormido. Marta cuida a su madre, de 84, en una localidad del interior bonaerense, y mientras prepara el desayuno cuenta, con la voz cansada pero firme, que hace años que no duerme una noche entera. "Uno se acostumbra, pero el cuerpo no", dice mientras acomoda la cama y revisa que la medicación esté al día. Esa escena, multiplicada por miles, es la que retrata una encuesta reciente de la Universidad Austral sobre cómo el cuidado familiar impacta en la vida cotidiana de los argentinos.

El peso recae sobre todo en las mujeres

El relevamiento, que se hizo por internet entre octubre de 2025 y abril de 2026, reunió a 1.028 personas mayores de 18 años residentes en la Argentina. Una de cada cinco, el 20,4 por ciento, manifestó que cuidaba a un familiar. Pero al mirar adentro de ese grupo aparecen diferencias marcadas: entre las mujeres cuidadoras, el 60,6 por ciento asumió el rol principal, mientras que entre los varones esa proporción bajó al 44,4 por ciento. El dato no es menor, porque cuando se preguntó por las consecuencias concretas del cuidado, las brechas se profundizaron. Entre las mujeres, el 54 por ciento señaló que la responsabilidad le impedía descansar lo necesario y el 44 por ciento reconoció que limitaba sus proyectos personales. Entre los varones, esas cifras se redujeron al 30 y al 10 por ciento, respectivamente.

Para dimensionar el desgaste, los investigadores evaluaron a 120 cuidadores principales mediante la escala de Zarit, un cuestionario de 22 ítems que se usa en todo el mundo para medir la sobrecarga. Seis de cada diez presentaban algún grado de sobrecarga y el 40,8 por ciento alcanzó el nivel intenso, una categoría que el informe consideró que requería intervención profesional. Lo más llamativo apareció al cruzar esos datos con el género: la sobrecarga intensa golpeó con más fuerza a las mujeres, a pesar de que, en muchos casos, contaban con apoyo familiar.

“Marta lo resume con una frase que se repite en las encuestas y en la calle: "Mis hermanos ayudan cuando pueden, pero la que está las veinticuatro horas soy yo". La investigación coincide en algo que parece contraintuitivo: la proporción de sobrecarga intensa fue del 40 por ciento tanto entre quienes declararon recibir apoyo como entre quienes dijeron no tenerlo. El informe sostuvo que importa la calidad del acompañamiento, y no solamente su existencia, y para analizarlo contempló tres dimensiones: la afectiva, la informacional y la operativa.”Marta Domínguez, cuidadora principal, 52 años

Trabajar, cuidar y no tener licencias

El trabajo remunerado también formaba parte de la rutina del 75 por ciento de quienes cuidaban. Sin embargo, las herramientas disponibles para compatibilir ambas responsabilidades variaron de manera notable según la modalidad de contratación. El acceso promedio a licencias y prestaciones —que incluían maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería— fue del 53,7 por ciento entre los trabajadores formales. Entre los informales bajó al 17,1 por ciento y entre los independientes, al 9,5 por ciento. Es decir, casi nueve de cada diez cuidadores que trabajan por cuenta propia quedaron afuera de esos derechos.

Lo que también se gana cuando se cuida

La encuesta, sin embargo, no se quedó solo en el costado difícil. El 95,7 por ciento de los cuidadores reconoció al menos un aspecto gratificante de la tarea. El afecto recíproco, los momentos compartidos y los cambios alcanzados por la persona cuidada estuvieron entre los más mencionados. Esa valoración, según los autores, convivía con las dificultades de descanso y organización cotidiana, y obligaba a pensar políticas públicas que contemplen tanto el alivio de la carga como el reconocimiento de lo que se construye en el vínculo.

De regreso en la casa de Marta, la mañana avanza y la vecina del pueblo, Ramona, de 47 años, pasa a ver cómo están. Le trae un mate y se queda un rato, porque sabe que a veces lo que más alivia a quien cuida no es una ley ni un permiso, sino alguien que se siente a charlar un rato. La investigación de la Austral coincide, en cierto modo, con esa intuición: no alcanza con que el apoyo exista, hace falta que llegue a tiempo, que contenga y que se sostenga en el tiempo. Mientras tanto, Marta sigue acomodando la casa, revisando los turnos médicos y organizando la semana, como lo hacen, en silencio, miles de cuidadores principales en todo el país.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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