El canto que deja una amiga: la nueva novela de Claudia Piñeiro que une aves, duelo y oficios silenciosos
La escritora presenta El canto invisible, una historia de amistad femenina, edición y biología que invita a mirar el mundo desde el trino de las aves y la trastienda de los libros.

Son las cinco de la tarde en un pueblo chico de las sierras y, mientras la luz se pone dorada sobre los eucaliptos, una mujer camina con el celular en la mano. No está mirando una red social ni contestando un mensaje: tiene abierta una aplicación que reconoce pájaros por el canto, y cada vez que la herramienta le devuelve el nombre de una especie, ella se queda un instante quieta, escuchando. Esa escena, que podría parecer menor, es el germen de El canto invisible, la novela que Claudia Piñeiro acaba de publicar por Alfaguara y que me llevó a reencontrarme con la literatura de una autora a la que vengo leyendo desde hace años.
La novela pone en el centro a Julia Muntaner, una editora de 64 años que tiene entre manos la tarea más difícil de su oficio: ordenar el manuscrito inconcluso de su amiga Marina Martinelli, una de las biólogas más importantes del país, muerta en un accidente de tránsito. A partir de ese legado, Julia reconstruye recuerdos, conversa imaginariamente con Marina y empieza a descubrir un secreto que cambia lo que creía saber sobre ella. La historia va trenzando, con paciencia de orfebre, el duelo, los vínculos de muchos años y el trabajo de editar un libro que nunca llegó a ver la luz.
Aves, edición y un oficio que casi no se ve
Marina investigaba el canto de las aves, y ese mundo atraviesa toda la novela. Piñeiro reconoció en entrevistas que el interés por las aves le llegó de manera casual, durante una cena en Madrid, cuando alguien le mostró Merlin Bird ID, una aplicación desarrollada por el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell que identifica especies a partir de sus sonidos. A partir de ese primer asombro empezó a investigar, y se topó con un dato que la indignó: la persistencia de un prejuicio instalado en el campo, la idea de que las hembras no cantan. Por eso la novela incluye referencias a mujeres ornitólogas y cierra con un glosario dedicado a figuras relevantes de la disciplina, en un intento por saldar una deuda que arrastra la historia de la ciencia.
A mí, como lectora, lo que más me atrapó es que la novela corre el foco hacia un oficio que suele quedar tapado por la foto del autor en la contratapa: la edición. Piñeiro explicó que el personaje de Julia es, en buena medida, un homenaje a editoras que acompañaron su carrera, y mencionó a Julia Saltzmann, Julieta Obedman, Ana Laura Pérez, Gabriela Franco y Magalí Etchebarne. Detrás de cada libro hay alguien que lee muchas veces un manuscrito, discute, duda, corrige y decide, y acá ese trabajo deja de ser invisible para convertirse en protagonista.
La trastienda de una autora en movimiento
Más allá de la novela, vale la pena detenerse en el mapa de lo que Piñeiro viene construyendo este año. A El canto invisible se suma Mi miedo xixi, un libro ilustrado pensado para el público infantil, y su participación en puestas teatrales basadas en Como bestias, de Violaine Bérot, y en Maldición eterna a quien lea estas páginas, de Manuel Puig. La variedad de registros confirma a una autora que no se deja encerrar en un solo tono ni en un solo género, y que entiende la literatura como un ecosistema donde conviven la novela, la ilustración, el teatro y el ensayo, del mismo modo que en un bosque conviven los cantos de distintas especies.
Vuelvo a la escena del principio, a esa mujer con la aplicación abierta en medio de un pueblo chico. Cada vez que la app reconoce un canto, ella levanta la vista y trata de encontrar el pájaro entre las ramas. Es un gesto pequeño, pero también es una manera de habitar el mundo: prestar atención a lo que normalmente queda de fondo. Eso mismo hace Piñeiro en esta novela: convertir en literatura los oficios que miramos por encima, las amistades que sostenemos sin nombrarlas y los sonidos de la naturaleza que dejamos pasar mientras hablamos. Y al cerrar el libro, a mí, que soy de las que todavía subrayan párrafos en servilletas de bar, me quedó la sensación de que El canto invisible es, sobre todo, una novela sobre la escucha: sobre lo que pasa cuando, en lugar de hablar, finalmente nos dejamos atravesar por el canto de los otros.
“Las amistades que cruzan décadas son, a la vez, el lugar más cálido y el más arriesgado de la vida: ahí se guarda lo mejor de nosotros y también aquello que todavía no nos animamos a mirar.”Claudia Peralta, Sociedad y pueblos
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