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El final abierto de El Castillo: por qué sus guionistas se negaron a cerrar la historia con un cierre amable

Isabel Peña y Eduardo Villanueva, la dupla detrás de la miniserie que adapta el libro de Mabel Lozano, cuentan cómo evitaron la glamourización de víctimas y victimarios y qué quisieron decir con la imagen que despide a los personajes.

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Andrea OlivetoCultura y espectáculos · · 3 min de lectura
El final abierto de El Castillo: por qué sus guionistas se negaron a cerrar la historia con un cierre amable

Hay una frase de John Berger que suelo llevarme a todas partes y que me volvió a la cabeza mientras escuchaba a Isabel Peña y Eduardo Villanueva defender las decisiones narrativas de El Castillo: "La historia de una imagen es la historia de sus usos". Esa definición vuelve a confirmarse en cada episodio de la miniserie que acaban de estrenar, porque allí donde muchas ficciones sobre trata de personas optan por la denuncia explícita o por el subrayado moral, esta dupla de guionistas eligió algo más incómodo, más persistente y, a la larga, más verdadero: contar un sistema en movimiento, con la misma incomodidad con que uno mira una herida que supura.

La decisión de no embellecer a nadie

Peña lo dijo sin rodeos: "No queríamos que las mujeres fueran una informe masa de víctimas y de cuerpos perfectos". Esa frase funciona como una declaración de principios para toda la serie, que adapta El proxeneta, el libro de no ficción de Mabel Lozano. Frente al riesgo constante de convertir a las víctimas en objetos de compasión o de exponerlas a un voyeurismo disfrazado de realismo, los guionistas decidieron construir identidades, biografías, contradicciones. La protagonista, Claudia, interpretada por Valentina Vidal, no es un símbolo ni una santa: es alguien que llega a una situación límite y que, en ese marco, toma decisiones con las herramientas que tiene a mano.

Un final que no cierra: por qué El Suizo sigue activo

Villanueva fue muy claro al explicar por qué la última imagen no ofrece la satisfacción del castigo ejemplar. "Había una cosa de querer contar que esto ha pasado, pasa y va a seguir pasando", resumió. La serie, me parece, se hace cargo de algo que muchas ficciones evitan: que la trata de personas no se resuelve con un arresto cinematográfico ni con un héroe que llega a tiempo. Es un sistema, como dijo Villanueva, y los sistemas sobreviven a los individuos que los componen.

Qué les pasa a los investigadores

Peña también habló del arco de los personajes interpretados por Omar Ayuso y Laia Marull. No hay un cierre optimista para ellos tampoco, pero sí algo que a mí, particularmente, me resulta más poderoso: una transformación interior. Vuelven a sus puestos, a sus rutinas, a sus escritorios. Pero ya no miran igual. Esa idea de que el daño de la trata no se mide sólo en las víctimas directas sino también en la conciencia de quienes la investigan me parece uno de los grandes aciertos de la serie.

Lo que se gana Claudia

Peña dejó una frase sobre el personaje de Claudia que vale la pena detenerse a leer: "Claudia ha conseguido lo que se ha propuesto y lo que en este momento también se ha ganado". No es un final de película clásica, y por eso mismo se siente honesto. La posibilidad de quedarse legalmente en el país y de ganarse la vida con su propio trabajo no es un premio de consolación: es, en el universo que plantea la serie, una victoria concreta, construida en silencio.

Una recomendación, en primera persona

  • Si te interesa la ficción social que no regala respuestas fáciles, esta serie es para vos. Los seis episodios están disponibles en la plataforma.
  • Si venís de Antidisturbios, vas a reconocer la mano de Peña y Villanueva, pero también vas a encontrar algo nuevo: un pulso más íntimo, más sostenido.
  • Si querés entender cómo se construye una narrativa sobre trata sin caer en lugares comunes, escuchá las entrevistas a los guionistas: son una clase de oficio.
  • Si podés, mirá la serie en dos tandas: los primeros tres capítulos arman el mapa, los tres siguientes lo desarman. Esa segunda mitad es donde la historia respira de verdad.

Mientras tanto, me quedo pensando en esa escena final que cierra la serie y que abre, al mismo tiempo, una pregunta mucho más grande: cómo se sigue contando una historia así cuando el sistema que la sostiene sigue intacto. Y me parece que esa incomodidad, esa negativa a cerrar el círculo, es el mayor acto de honestidad que El Castillo le ofrece a quien decida mirarla hasta el final.

AO
Andrea OlivetoCultura y espectáculos

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