Gatos, un parásito en la panza y un llamado de atención que también alcanza a las personas
Un estudio sobre más de 157.000 muestras en América del Norte volvió a poner en primer plano a la Giardia duodenalis, un protozoo que convive con los felinos y que, en algunos casos, puede dar el salto hacia los humanos.

Soy Claudia Peralta y arranco la nota como me gusta empezar: en un pueblo, en presente, con lo que veo. En el centro de Río Tercero, mientras cargo combustible en una estación de servicio, Marta, una jubilada de 58 años que cría a su gato Tito desde cachorrito, me cuenta que el animalito tuvo diarrea varios días y que ella pensó que era un cambio de comida. Cuando el veterinario le pidió un análisis coproparasitario, el resultado la dejó helada: Giardia. Es una palabra que suena lejana, pero que aparece con más frecuencia de la que imaginamos en los consultorios de barrio, y un trabajo reciente publicado en la revista PLOS One me obliga a ponerle fichas.
La investigación revisó 157.616 muestras fecales de gatos domésticos procesadas por un laboratorio comercial de referencia en 49 estados de Estados Unidos y en cinco provincias canadienses, entre marzo de 2022 y agosto de 2023. Se trata de uno de los relevamientos más grandes hechos hasta ahora sobre este protozoo en felinos. Los números de base son estos: el 6,3 por ciento de los gatos analizados dio positivo para Giardia duodenalis, lo que traducido a casos concretos representa 9.962 animales infectados.
Qué variantes son las que más preocupan
Giardia duodenalis no es una sola. Tiene distintos ensamblajes genéticos, una manera técnica de decir cepas o linajes. Algunos están más asociados a los gatos, como el F, que fue el más frecuente en el estudio. Otros, en cambio, se mueven con mayor facilidad entre especies, y dos de ellos, llamados A y B, son los que aparecen también en personas y en otros mamíferos. De los gatos positivos, el 18,5 por ciento portaba precisamente A o B, es decir, 1.840 animales de los 9.962. Esa cifra, sola, no dice que haya habido contagio a un humano, pero sí enciende una luz amarilla en los hogares donde conviven chicos, personas mayores o cualquiera con las defensas bajas.
La edad fue otro de los datos que más me llamó la atención del trabajo. Los gatos menores de un año concentraron la prevalencia más alta, con un 10,7 por ciento de positivos, mientras que en los adultos el número bajó al 1,3 por ciento. Entre los más jóvenes infectados, el 19,7 por ciento llevaba consigo las variantes A o B, un porcentaje levemente superior al promedio general. Los investigadores lo vinculan a que los cachorros suelen compartir espacios con otros animales, explorar todo con la boca y tener un sistema inmunitario todavía en formación, lo que los vuelve más vulnerables a los parásitos intestinales.
Cómo se contagia y qué hay que mirar
- El parásito se transmite por quistes que se eliminan con las heces y que pueden quedar en el ambiente durante bastante tiempo.
- El agua contaminada, la comida cruda o mal lavada, las cajas de arena, los platos compartidos y las manos sin lavar son las vías más habituales.
- Un gato con Giardia no siempre presenta síntomas, por lo que el control veterinario periódico es clave, sobre todo en los más chicos.
- La diarrea, las heces blandas, el abdomen distendido, los cambios de apetito o un animal más apagado de lo habitual son motivos para concurrir al veterinario.
Vuelvo al principio, a aquella estación de servicio en Río Tercero, a Marta y a su gato Tito, porque su historia resume lo que dice la ciencia. Ella no había notado nada raro más allá de la diarrea pasajera, y cuando le conté los datos del estudio me miró con esa cara que se nos pone cuando caemos en que lo cotidiano puede esconder un riesgo. La buena noticia es que la giardiasis tiene tratamiento y que un diagnóstico a tiempo, hecho por el veterinario con un análisis de materia fecal o con técnicas moleculares como la PCR, marca la diferencia. La mala noticia es que no alcanza con mirar al gato y decir que está sano: hay que pedir el estudio, hay que lavarse las manos, hay que mantener limpia la caja de arena, y hay que hacerlo sobre todo en los hogares donde hay chicos, adultos mayores o personas inmunocomprometidas. Es un mensaje de cuidado, no de alarma, pero también de esos que conviene llevarse puesto, como un abrigo, antes de que llegue el frío.
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