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Martes, 29 de septiembre de 2026
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Después de los 50, poner el cuerpo a punto para no depender de nadie

Levantarse de una silla, cargar las bolsas o alcanzar un estante alto parecen gestos menores, pero después de los 50 empiezan a volverse una prueba. Entrenar la fuerza dos veces por semana puede ser la diferencia entre arreglárselas solo o necesitar ayuda para lo cotidiano.

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Claudia PeraltaSociedad y pueblos · · 4 min de lectura
Después de los 50, poner el cuerpo a punto para no depender de nadie

Lo confieso: nunca pensé que cargar la bolsa del súper se convertiría en un tema de conversación con vecinas de más de cincuenta. Pero acá estoy, en la vereda de un pueblo del interior, mirando cómo Marta, 57, se acomoda la mochila al hombro y me dice, con esa mezcla de risa y resignación que conocemos bien los que peinamos canas, que el año pasado casi no puede levantar una olla grande de la cocina. Me lo cuenta mientras acomodamos sillas en el centro comunitario para una charla sobre fuerza y autonomía que, se ve, le cambió la mirada.

Y es que la cosa es así de sencilla y de abrumadora a la vez: la fuerza muscular empieza a caer de manera gradual desde los treinta, aunque uno lo empiece a notar mucho después. El cuerpo nos avisa cuando ya cuesta levantarse de una silla sin apoyar las manos, cuando llevamos las compras y sentimos que el brazo no responde, cuando ese estante de arriba de todo parece haberse mudado tres metros más alto. Son gestos mínimos, automáticos hasta hace poco, que se vuelven una pequeña odisea. Por eso, entrenar la fuerza después de los 50 no es una cuestión estética ni un capricho de gimnasio: es, literalmente, un modo de sostener la autonomía cotidiana.

Qué dice la evidencia y por dónde empezar

El Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte lo plantea de forma directa: trabajar la fuerza al menos dos veces por semana es una recomendación firme, no un consejo tibio. La idea es organizar rutinas con entre una y tres series de seis a quince repeticiones por ejercicio, siempre ajustadas a la condición física de cada uno y, sobre todo, a los antecedentes de salud. Porque acá no se trata de tirar la chancleta como cuando teníamos veintipico: si hubo una cirugía, una lesión vieja o se arrastra alguna enfermedad, la consulta con un profesional de la salud antes de empezar no es opcional, es indispensable.

Charlie Grundas, entrenador certificado, lo explica con una imagen que me sirve para entenderlo: el propósito del entrenamiento es preservar los movimientos que uno hace todos los días. Por eso la rutina puede pensarse, justamente, a partir de las tareas que queremos seguir resolviendo solos. No se entrena por entrenar: se entrena para seguir viviendo como uno quiere vivir.

Los ejercicios que imitan lo que hacemos en casa

  • Sentadilla con pesa al frente: trabaja piernas, glúteos y abdomen, los músculos que se ponen en juego al levantarse de una silla. La bajada debe llegar hasta una posición cómoda, sin forzar las rodillas.
  • Peso muerto rumano: ideal para entrenar el gesto de recoger algo del piso, llevando las caderas hacia atrás con las rodillas apenas flexionadas. Se puede aprender sin carga y después sumar una mancuerna o una pesa rusa.
  • Press de hombros sentado: apunta a los músculos que usamos para guardar la vajilla en un estante alto o colocar cosas por encima de la cabeza, sin perder control ni lastimarse el hombro.
  • Sentarse y levantarse del suelo: un ejercicio que combina fuerza, movilidad y equilibrio. Grundas sugiere empezar con tres a cinco repeticiones y usar las manos como ayuda; reducir los apoyos puede ser una meta progresiva, siempre sin forzar las articulaciones.
  • Posición de oso: con manos y puntas de los pies apoyadas y las rodillas apenas elevadas del piso, fortalece el abdomen y el core. El entrenador Will Hewitt lo recomienda porque mejorar el abdomen ayuda al equilibrio y puede disminuir el riesgo de caídas, una de las preocupaciones más serias después de los 50.

Mirando a Marta mientras practica la sentadilla con una pesa ligera al pecho, pienso en algo que Hewitt señala y que me parece clave: fortalecer el abdomen no es sólo una cuestión de panza plana. Contribuye al equilibrio general y puede bajar el riesgo de caídas, que después de los 50 dejan de ser un tropezón sin importancia y pasan a ser un evento capaz de cambiarlo todo. Trabajar el core, entonces, es también una forma de cuidarse la independencia.

“Yo antes decía que el gimnasio era cosa de jóvenes. Ahora entiendo que si no me muevo, dejo de poder hacer las cosas yo misma.”Marta, vecina de 57 años

Vuelvo a la vereda del principio, con la bolsa del súper todavía colgando del hombro. La diferencia es que ahora la miro con otros ojos: no como un peso cualquiera, sino como un gesto que vale la pena entrenar para no perderlo. Después de los 50, poner el cuerpo a punto no es vanidad ni deporte de elite: es, en el fondo, la manera más concreta que encontré de cuidarme la libertad de todos los días.

CP
Claudia PeraltaSociedad y pueblos

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