Saltar al contenido
Jueves, 1 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Buscar ⌕
El Quijote Noticias

El Quijote Noticias

Portada — Turismo —

Dormir entre barricas en el corazón de Lisboa: el palacio que se animó a ser hotel del vino

En el triángulo mágico de Chiado, Bairro Alto y Príncipe Real, un edificio del siglo XVIII reabierto en 2022 combina 61 habitaciones, restaurante portugués contemporáneo y la tienda de un instituto vitivinícola. Una recorrida a pie para aprovechar cada pendiente.

EM
Estela MarconiTurismo y fin de semana · · 4 min de lectura
Dormir entre barricas en el corazón de Lisboa: el palacio que se animó a ser hotel del vino

Me lo imagino y todavía se me eriza la piel: bajás del tranvía en la Plaza de São Pedro de Alcântara, mirás hacia el oeste y, antes de girar la cabeza hacia el mirador, te topás con una fachada blanca y sobria que data de 1747. Es el Palácio Ludovice, un edificio que lleva casi tres siglos haciendo equilibrios entre la nobleza portuguesa, los sismos, los consulados y, ahora, las valijas de los viajeros. Y lo mejor es que sigue en pie, con sus pisos de madera crujiendo bajo los pasos y sus ventanas abiertas a una de las postales más lindas de Lisboa.

Un palacio con nueve vidas y un orfebre alemán como padre

Quien lo mandó construir, en 1747, fue João Frederico Ludovice, un orfebre alemán que cruzó Europa, se ganó la confianza del rey João V y terminó convirtiéndose en su arquitecto de cabecera. El palacio fue primero residencia aristocrática, después consulado y, ya en el siglo XX, sede del Solar do Vinho do Porto, el bar que el Instituto del Vino de Oporto tiene en la ciudad. La restauración que lo devolvió a la vida como hotel llevó más de diez años y estuvo a cargo del diseñador Miguel Câncio Martins; abrió sus puertas en 2022, con 61 habitaciones, restaurante, spa y una tienda de vinos que funciona junto a la recepción.

Un hotel dedicado al vino, con ritual de tarde incluido

Lo que a mí me terminó de conquistar es la obsesión por el vino portugués, que está presente hasta en los detalles más pequeños. Cada tarde, los huéspedes reciben en la habitación una copa y algo para picar, como quien recibe la llave de un secreto. En planta baja funciona el restaurante Federico, que propone una cocina portuguesa contemporánea con guiño francés y se apoya en la bodega del propio hotel. Y, por si faltaba algo, en la tienda del Instituto dos Vinhos do Douro e do Porto se pueden comprar etiquetas que después uno se lleva en la valija, no sin antes haber descorchado alguna en la habitación.

A pie, cuesta arriba y cuesta abajo, por el triángulo de Lisboa

La ubicación es, sencillamente, una declaración de principios: el hotel está frente al Miradouro de São Pedro de Alcântara, en el punto donde se cruzan Chiado, Bairro Alto y Príncipe Real. Eso significa que, sin sacar el auto, podés armar un recorrido a pie de esos que agotan las piernas pero llenan la cabeza. Yo arrancaría en ese mirador, porque la vista ya justifica el viaje: abajo se extiende la Baixa, el sector que los lisboetas reconstruyeron con calles en cuadrícula después del terremoto de 1755, y más allá se recorta el castillo de São Jorge. Después, bajando, aparece la Igreja de São Roque, cuya fachada sencilla esconde una capilla que João V mandó hacer en Roma y que llegó a Lisboa por piezas, embalada y numerada como un rompecabezas sagrado. Si seguís hacia Chiado, te topás con el Convento do Carmo: sus paredes sin techo siguen mostrando, casi tres siglos después, las marcas de aquel terremoto que cambió la historia de la ciudad. Y para recuperar el aliento, la calle Dom Pedro V te lleva de la mano hasta el jardín de Príncipe Real, con su cedro enorme y sus cafés de barrio donde el tiempo parece haberse olvidado del reloj.

Para la noche, elijo Bairro Alto sin pensarlo: sus calles angostas concentran bares, pequeñas tabernas y casas de fado donde una guitarra portuguesa y una voz basta y sobran para arruinarte el resto de la vida. La distancia entre estos puntos es corta, pero las pendientes de Lisboa avisan: lleva calzado cómodo y olvidate del taco aguja. Y como la zona invita a quedarse, una buena opción para almorzar o cenar cerca del hotel es pedir mesa en el propio Federico, para no perderse la cocina portuguesa con acento francés que propone la casa.

Datos prácticos para armarlo bien

Quien quiera extender la visita puede sumar una excursión al palacio-convento de Mafra, otra de las obras colosales de Ludovice, que está a unos 40 minutos por ruta y bien vale la pena. Desde Buenos Aires, las opciones de llegada a Lisboa pasan por una escala en Brasil o en ciudades europeas como Madrid, París, Frankfurt y Ámsterdam. El hotel, mientras tanto, abre todo el año y la recepción atiende en horarios pensados para el viajero internacional. Les cuento los números que sí figuran en el material: la construcción original es de 1747, la apertura como hotel fue en 2022, son 61 habitaciones y la restauración demandó más de diez años de trabajo.

Si me preguntan a mí, les digo que lo que tiene este palacio no se mide solo en metros cuadrados ni en estrellas: se mide en historias. La de un orfebre que se volvió arquitecto, la de un rey que mandó traer una capilla desde Roma en cajas, la de un terremoto que partió la ciudad en dos y la de un edificio que se negó a caer. Acepto sugerencias, como siempre: ¿qué otros lugares sumarían a un recorrido a pie por Lisboa? Los leo, los anoto y, si me convencen, los agrego a la próxima escapada.

EM
Estela MarconiTurismo y fin de semana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo